lunes, 3 de septiembre de 2018

Sobre la vanidad y la autoestima

Es sabido por quienes me conocen que mi cabello es de naturaleza lacia, lisa, sin un cairel, vaya, y que al menos en los últimos veinte años, lo he lucido en diversos largos y colores, y siempre con mucho orgullo. 
Lamento decepcionarlos, no siempre fui tan madura para aceptar que mi pelo es lacio y delgado como pocos. Durante la adolescencia y llevada por modas fugaces, me atreví a que me hicieran las tan famosas bases o permanentes que, combinadas con mi colorazo bronce natural, hacía que se dudara de mi origen sonorense y se pensara que provenía de Veracruz o de la mismísima África. En pocas palabras parecía una negrita, una falsa negrita. 
Más adelante, ya en la carrera, me vi obligada a volver a las andadas so pretexto de uno, dos o tres montajes en los que mis personajes me lo exigían. Y ¿por qué no reconocerlo? Detrás de las bases estaba el secreto deseo de parecerme a Eugenia León, que por esa época usaba sus naturales rizos en una melena envidiable, al menos para mí. Durante esos años no se me veía tan mal y, como verán más adelante, mi autoestima es bastante alta de modo que estuve muy contenta con mi apariencia de Eugenia León (según yo). 
La última vez que me atreví de nuevo, fue después de que nació mi hijo mayor, o sea, hace 26 años. El resultado fue tan aterrador que decidí que jamás lo haría de nuevo y lo cumplí.
Durante los últimos 26 años he transitado de melenas a la príncipe valiente, a cabellos largos y estilizados, y en colores no se diga, como si mi cabello fuera un lienzo, le depositaron toda clase de tintes, rojizos, castaños, negros, combinados con mechas, listones o como se llamara a la técnica de moda. Siempre muy orgullosa de mi cabello, insisto. 
Cuando en 2016 (D.C.) me dijo el oncólogo que me darían quimioterapia, en lo último que pensé fue en la caída del cabello. Así que cuando la oncóloga me dijo que la quimio que me aplicarían no provocaba caída del cabello, me cayó el veinte de que eso podría pasar. De hecho fue entonces que aprendí que no todos los medicamentos la provocan. Recuerdo que una de mis hermanas me dijo que en solidaridad se raparía y le dije que afortunadamente no sería mi caso y ambas nos pusimos muy contentas. 
Pero luego, en el mismo 2016, con eso de la “respuesta parcial al tratamiento”, de nuevo le aposté a la quimio, ahora con otros medicamentos y, en particular el Paclitaxel, que sí provocaría pérdida total de mi querido y amado cabello. 
Tomé entonces varias decisiones: me tatué las cejas y los ojos y me fui a Phoenix a buscar una peluca.
Aquí voy a hacer una pausa, porque voy a contarles que en esos días vi a una prima/amiga muy querida, que había sido diagnosticada de cáncer unos meses antes que yo y que ya era experta en quimioterapias y efectos secundarios. Cuando le conté que iba a ir a Phoenix a buscar la peluca se sorprendió y me dijo textualmente: “No sabía que fueras tan vanidosa” y yo le dije “Ni yo tampoco” y nos reímos a carcajada limpia. Entonces me contó que ella prefería los turbantes que las pelucas pero que era más feliz si no se tenía que poner nada, o sea, andar pelona en su casa. También me confesó que la primera vez que le empezó a salir el pelo de nuevo, ella se seguía rasurando porque era mucho más cómodo, hasta que alguien en su familia la cachó y tuvo que dejar de hacerlo. Pues yo no terminé de creer lo que me estaba contando, ¿Cómo es que le gustan los turbantes? ¿Cómo es que le gusta que la vean pelona? ¿Cómo es que le resulta cómodo estarse rasurando diario? ¿Cómo?  Después pensé, bueno, así es ella, no tenemos por qué ser iguales y olvidé la conversación. 
Lamentablemente mi querida Lorena ya no está entre nosotros, el pinchi cáncer, pero sobre todo (creo yo) la quimioterapia, se la llevaron antes de que pudiera soplar 53velitas en su pastel.
Una vez concluida esta triste pausa, le termino de contar que otra de mis hermanas y yo fuimos en Phoenix a varias tiendas de pelucas y que el costo de la gran mayoría excedían mi presupuesto, hasta que encontramos una con una apariencia muy naturalita pero que era bastante plástica y daba el gatazo. La compré con todo el kit: estructura dónde colocarla, cepillo, shampoo y enjuague. Y regresé con mi tesoro (barato) a La Paz. También le debo dar crédito a mi mamá que rebuscó en sus cajones y encontró el turbante estilo Kalimán color blanco que usó ella durante sus quimioterapias, aproximadamente veinte años atrás, y con todo el amor de que mi mamá es capaz, me lo prestó. Y yo se lo agradecí con el corazón, aunque siempre supe que no lo usaría. 
Sucedió lo inevitable, un buen día el cabello se me empezó a caer a mechones y pedí auxilio entre mis amigas, les solicitaba una máquina de rasurar y un voluntario que además fuera a mi casa a raparme. De inmediato llegaron a mi casa mi casi compadre y mi casi ahijada. Sin temor de Dios, el compadre me dejó como Cocoliso, mi ahijada no observó la masacre capilar, nos esperó en la sala y cuando me vio dijo una mentira: Te ves bien, nina. Aunque tal vez no fuera tan falso su comentario, en primer lugar porque es (¿o era?) una inocente niña o porque con la cabeza como trapeador de escuela pública me veía realmente mal. Les agradecí mucho la visita de peluquero y corrí a bañarme y a rasurarme por completo. 
Ahí llegó la primera revelación. Me veía en el espejo y no me parecía tan mal. Me gustaba. 
Luego vinieron varios días de estar en casa por los efectos secundarios, pero en la primera oportunidad, me fui a una misa scout, la de San Francisco, patrono de los lobatos y por fin me puse la dichosa peluca. Eso fue picarme en un lado, luego en otro, en otro y ¡no poder rascarme! Además de estar permanentemente mortificada por si se había enchuecado (torcido) y parecía un adefesio.  Demasiada tensión para un asunto del pelo. Opté entonces por los turbantes hechos con chales o fulares o casi cualquier pedazo de tela. Me fui a la tienda favorita de los paceños, la DAX y compré varios trapos, sobre todo de colores lisos para poder combinarlos con mi ropa. 
Otra pausa, ahora para contarles la lección de vida que me dio una señora de unos 60 años en la fila del laboratorio del ISSSTE. Ella llevaba un turbante estilo Kalimán de un color liso y le pregunté dónde lo había comprado. Me dijo que en Liverpool, que no le gustaban tanto este tipo de turbantes, pero que los otros eran demasiado coloridos y, cito textualmente: ¿luego para combinar?  La amé. Ella no sabe cuánto me enseñó. A su edad y con cáncer, ella no dejaba de pensar en las combinaciones. Que una mujer esté enferma de cáncer, no la hace perder su coquetería y, a pesar de la adversidad, para ella su presentación era importante. Cierro la pausa. 
Así pasaron algunas semanas, ensayando nuevas formas de armar los turbantes, materiales y colores, hasta que finalmente tomé la decisión de no ponerme nada. Mantener el coco bien afeitado y maquillarme lo mejor que puedo. En ese momento cobraron sentido las palabras de Lorena, totalmente. Es muy cómodo, es más fácil afeitarse que lavarse, enjuagarse, secarse el pelo y peinarse, sin contar el ahorro en peluqueros y tintes.
Y bueno, lo más sorprendente de todo es que me gustaba verme sin pelo, no me molestaba para nada, estaba perfectamente conforme con mi imagen. Al parecer no soy tan vanidosa como creí. 


lunes, 27 de agosto de 2018

No aprendo (Efectos secundarios, segunda parte)

Pues miren, les cuento que después de la entrada sobre los efectos secundarios (marzo), efectivamente me hicieron el estudio PET y resultó que el efecto de la quimio sobre los tumores que ya existían fue mínimo, en palabras técnicas: “respuesta parcial al tratamiento” y además, se agregaron unos cuantos tumorcillos nuevos. Con esta mala nueva he estado viviendo desde mayo. También ha cambiado mucho mi perspectiva sobre la forma de hacerle frente. 
No es nada fácil escuchar las recomendaciones del oncólogo: piensa en tramitar tu pensión por invalidez, (¿a mis 53 añitos, con lo que me falta para jubilarme?), viaja todo lo que puedas (eso sí me gustó), acomoda todo para que tengas calidad de vida (y eso ¿cómo se come?). Poco a poco he ido entendiendo lo que implican todas las recomendaciones de mi oncólogo, aunque al principio me parecieron descabelladas y fatalistas y me hicieron llorar, no saben cuánto. 
Entonces me puse manos a la obra. Planee un viaje a Madrid para reunirme con la internacional Familia Madrileña, no sin antes ir a ver a mi mamá, hermanos, sobrinos, similares y conexos a Hermosillo, unos días de vacaciones con mi pareja en algún lugar cercano a la CDMX, etc. Todo ello a manera de premedicación porque la quimioterapia me esperaba a la vuelta. Me felicito por haber tomado esa decisión, tuve unas vacaciones espectaculares, tranquilas, pero sobre todo, llenas de amor y paz. 
Postergué la quimioterapia para agosto, siempre esperando que no llegara la fecha, pero como dice el dicho: no hay plazo que no se cumpla...
Como ya soy una experta, me sé el camino, laboratorios, cita con el oncólogo y finalmente, aplicación. Sólo que ahora hubo cambios en los medicamentos y en las dosis.  
Hace dos viernes me presenté a la sala de quimioterapia y empezó la historia. La medicina que me provocó una reacción alérgica la última vez, volvió a hacer de las suyas, me empecé a sentir fatal y tuvieron que suspender la ,aplicación además de inyectarme no sé cuántas cosas para contrarrestar los efectos. Tardé muchísimo en recuperarme pero finalmente me dejaron salir. La pobre Laura, mi amiga a la que le tocó el episodio en el 20 de noviembre, nomás pelaba tremendos ojotes. Pasé una tarde terrible, fui incontables veces al baño, aunque también es cierto que cada vez me sentía mejor. Sábado y domingo estuve sufriendo un poco con las náuseas, pero tranquila en general, tanto que pude ver en  la televisión algo de Netflix, muy bien acompañada de mi hijo mayor. El lunes, con el optimismo que me caracteriza, me levanté a bañar y desayunar para ir al hospital yo sola, manejando, sólo que cuando me senté a desayunar empecé a ver destellos amarillos y negros y, antes de que ocurriera cualquier cosa, le llamé a mi hijo y le pedí que fuera por mí. Afortunadamente no me desmayé y para cuando llegó Santiago por mí, ya estaba lista para ir al hospital a que me pusieran una inyección de un medicamento que ayuda a restablecer los glóbulos blancos. Fuimos al hospital, me inyectaron, me tomaron la presión y todo pareció normal, así que nos regresamos a la casa. El día pasó sin mayores molestias. 
El martes, también optimistamente y a pesar de que desde la madrugada me empezó un dolor horrible en la boca, me levanté con el plan de bañarme como normalmente lo habría hecho y nada, ahora sí me desmayé de verdad. Sara, la chica que me ayuda, hizo lo que pudo para levantarme y subirme a la cama. Así que entre mareos, náuseas, dolor en la boca, fatiga y susto, mucho susto, pasé martes y miércoles. Durante esos días estuve probando cualquier cantidad de remedios para las aftas (no tenía ninguna, pero me dolía tanto la boca que no podía ni asomarme), lo mismo que estuve tomándome la presión constantemente porque sentía una fuerte opresión en el pecho. Las mediciones de la presión me ponían cada vez más nerviosa porque parecían indicar que la traía muy alta, a tal punto que el jueves le pedí a una amiga que me llevara al ISSSTE. Un fiasco, la presión perfecta. Me sentí tan tonta frente al enfermero que puso cara de “¿Qué hacemos? No la puedo pasar con el médico por presión alta si la trae perfecta.” Así que agarré mi carnet y me fui muy decidida a que me tomaran de nuevo la presión en el servicio de quimioterapia. Otro fiasco, la presión perfecta. Una buena charla con el enfermero y la jefa del servicio, me animó a buscar al oncólogo para preguntarle si en esa condición (presión perfecta), con el dolor de la boca, las náuseas y todo lo demás, podría tomar la segunda dosis de una quimioterapia oral que me tocaba el viernes. Como siempre, me dejó la opción de tomarla o no, y valorar en la siguiente consulta la posibilidad de continuar o no con el tratamiento. Me dio también algunas ideas sobre qué hacer ante tanto maldito efecto secundario. Así que mi amiga me llevó a la casa con la cola entre las patas. No tenía nada de la presión y todo lo que me pasaba era perfectamente normal considerando que hacía unos días me habían dado el tratamiento, incluso el doctor había dicho que podrían ser algunos residuos de la intoxicación. 
Todo indicaba entonces que el viernes podría tomar la quimio oral sin problemas y así lo hice. Casi inmediatamente me empezó a doler el pecho de una manera espantosa. Sentada, acostada, parada, era como con espasmos, aparecía repentinamente y luego desaparecía. Muy fuerte. Entonces recordé que el doctor había dicho que para el dolor de la boca podía tomar ketorolaco sublingual y un día antes lo había mandado comprar, así que ni tarda ni perezosa, me puse la pastilla debajo de la lengua y esperé que actuara. Efectivamente, en unos 20 minutos el dolor se había escondido lo suficiente como para empezar a sentirme mejor. Dormí por ratos y en algún momento tomé el prospecto de la medicina que había quedado sobre la cama. En él decía que en caso de dolor de pecho inusual y fuerte, se debería llamar al médico, por riesgo de isquemia cardiaca. Pues casi me da una isquemia. Yo, la prudente con las medicinas, la que no se toma una aspirina sin receta médica, me había tomado un analgésico fuerte en lugar de llamar al médico (que igual me hubiera mandado a urgencias del ISSSTE). Ahí sí me llevé el susto de mi vida, pero ya no había nada qué hacer, sólo esperar que pasara el tiempo, el efecto del analgésico y que no reapareciera el dolor en el pecho. Durante la tarde seguí navegando con otros efectos, finalmente el sábado amanecí muchísimo mejor y seguía sin poder creer lo que había hecho. Sábado y domingo transcurrieron sin novedades y en franca recuperación. Tal es la mejoría que estoy siendo capaz de escribir esto durante la tarde noche del domingo.
Sé bien que hace algunos meses dije que no volvería a tomar quimioterapia porque la había pasado muy mal en la última. No cumplí.
Pareciera que no aprendo, está claro que la quimioterapia me pone unas buenas palizas, que acaba con la maravillosa sensación de estar sana, sobre todo porque hasta el momento no tengo ningún síntoma del cáncer y de todas formas, ahí voy de terca. 
Pero, ¿saben? Detrás de la decisión de volver a la quimio, hay miedo, un montón de miedo. “Sí tomando tratamiento, los tumorcitos se multiplican, ¿qué puedo esperar si no lo tomo?”.  Es la decisión más difícil, la que me come la cabeza permanentemente y me hace contradecirme cada dos por tres. A nadie le deseo estar en mi lugar. 

martes, 14 de agosto de 2018

Cosas que no recordaba de Madrid

Madrid tiene un olor peculiar, yo diría que Madrid huele a Madrid. 
Mi amiga Laura hace la tortilla de patata más buena de toda España. Épica. 
Los vagones del metro tienen aire acondicionado. 
Los vagones del metro van en sentido contrario. 
Algunos españoles no tienen ganas de ayudar a las personas que no encuentran una dirección. Otros (mis amigos) se desviven por ayudar. 
En el metro anuncian que la estación está en curva para que “al salir, tengan cuidado para no introducir el pie entre coche y andén”. 
Puede haber una distancia de dos cuadras entre una estación y otra del metro. 
Si quieres bajar del vagón del metro tienes que mover una palanca o apachurrar un botón por ti mismo, a riesgo de quedarte dentro y ver cómo pasa frente a tus ojos la estación en la que te deberías haber bajado. 
Te sirven el café en dedales, pero está buenísimo. 
Puedes comer huevos estrellados a mediodía o en la noche, es de lo más normal, pero no te atrevas a pedirlos por la mañana, eso se ve muy mal. 
Algunas estaciones de metro son preciosas, otras se quedaron en el pasado. 
No pronuncian todas las letras de las palabras. Delicao por delicado, vamo por vamos, por poner algunos ejemplos. 
Los pasos de cebra  (lugares para cruzar la calle) están perfectamente señalizados y si no corresponden a un semáforo, el peatón tiene la preferencia. Aunque usted no lo crea. 
Si vas en una escalera eléctrica y no llevas prisa, debes colocarte del lado derecho porque los apurados van por la izquierda pasando a zancadas los escalones. 
En el súper hay guantes de plástico para elegir la fruta y la verdura.
En verano, sobre todo en agosto, Madrid se vacía, todo el mundo se va a su pueblo, lo que no quita que por la noche la ciudad adquiera una vida inigualable entre las cañas, los tintos de verano y las tapas en las terrazas, hasta muy entrada la noche.
Por último, aunque también pudo haber iniciado este recuento, mis amigos son los más majos del mundo mundial, o sea, son la neta del planeta y la Familia Madrileña (República Dominicana, México, Bélgica y Navarra) jamás podrá ser superada por el tiempo o la distancia. 






lunes, 16 de abril de 2018

Sobre las cicatrices

Mi relación con las cicatrices se remonta a mi infancia. Eran los primeros días del ciclo escolar, estaba en primero de secundaria y tenía apenas 11 añitos, cuando de pronto una tarde tuve un dolor de estómago bastante fuerte y algo de fiebre. Mi mamá, creyendo que era un simple malestar estomacal, me dio a tomar en varias ocasiones bicarbonato de sodio disuelto en agua y algún analgésico, me mandó a dormir y por la mañana me despachó a la escuela. El dolor no se iba del todo, pero lo podía soportar, hasta que llegó justamente la hora de Educación Artística (flauta, por supuesto) con un profe del que sólo recuerdo su apodo, el Florecitas, ahí ya no aguanté más y le pedí permiso de salir para hablarle a mi mamá. Recuerdo todo el recorrido por los pasillos y las escaleras para llegar a una ventanilla y pedir el teléfono prestado. Mi mamá llegó pronto por mí y nos fuimos al ISSSTE, los médicos, incluso mi tío, coincidieron en que se trataba de apendicitis y que era urgente operar. De inmediato nos fuimos al hospital y a eso de las 5 de la tarde ya me estaba operando un médico bastante mayor al que poco le interesaba la estética o la posibilidad de usar bikini en un futuro. Me dejó una cicatriz imposible de esconder, parecida a un alacrán, que cruzaba de arriba a abajo mi pequeña pancita. Horrorosa. La cargo desde los 11 años y aún me sigue impresionando su fealdad. Ésa fue la primera de una larga cadena.

Luego siguieron las cicatrices de las cesáreas de mis dos hijos. Ésas fueron las más felices, casi no se ven y aunque se vieran, valieron la pena, son las mejores.

Estas tres cicatrices fueron A.C., o sea, antes del cáncer (pinchicáncer). Las siguientes son D.C.
En menos de tres meses, mi pancita (panzota) se adornó de otras dos cicatrices. La primera sirvió para que el cirujano me sacara la matriz y puntos circunvecinos, incluyendo ganglios cercanos para saber si el pinchi cáncer ya se había mudado a alguno de ellos. Lo hizo sin piedad alguna. Dejó una cicatriz que empieza arriba del ombligo, lo rodea y cruza toda la barriga, en términos de ganado, me abrió a pie canal. Y como mi barriga es bastante prominente, logró dividirla en dos. La segunda, cuando me abrieron para revisar por qué la vejiga no estaba cumpliendo su función, no la hicieron sobre la primera, sino milímetros al lado de la primera, con lo cual, parece que tengo unos rieles de tren atravesados en la panza. Ahí no acaba la cosa, en ambas operaciones me dejaron además, un drene al lado, que dejaron otras dos pequeñas cicatrices y ahora adornan mi tasajeada barriga.

Hasta aquí la reseña de las grandes cicatrices que engalanan mi vapuleado cuerpo. No he mencionado que, por alguna razón que desconozco, mi cicatrización es de tipo queloide o queloidal, lo que significa que, en lugar de que los dos lados de la piel que se separaron, se unan sin mayor problema, se produce un crecimiento de tejido en medio de ambos, en pocas palabras, crece un bultito que afea tremendamente cualquier cicatriz, independientemente del tamaño de la herida. Ah, y no desaparecen fácilmente.

Así las cosas, puedo decir que tengo recuerdos concretos de casi todas mis cicatrices.

Desde la que me hice cuando tenía unos ocho años y quise comprobar que el plástico se podía pegar si se quemaba y me salí con una bolsa de dulces Brach's y dos fósforos al pasillo que estaba al lado de la cocina de mis abuelos. Nunca pude comprobar si se pegaba el plástico o no, porque el viento jugó en mi contra y la bolsa casi en llamas se me pegó al brazo, lo que me provocó una quemadura no muy profunda ni grande, pero sí dolorosa. No recuerdo cómo me curé, si le dije a mis abuelos o no, o si me regañaron, lo que sí sé es que me quedó una cicatriz que tenía la forma de los números 1 0 1 y ahora con esfuerzo, puedo identificar en mi brazo derecho.

Hasta la última, que también le debo al pinchi cáncer: cuando me colocaron el porta catéter a través del cual me ponen la quimioterapia, por alguna razón se me hizo una perforación en la pleura (la capa que cubre los pulmones) y estuve hospitalizada no sé cuántos días. Para resolver el tema del aire positivo y el aire negativo, me colocaron entre las costillas del lado derecho, un aparato que se llama "sello de agua", que me dejó la última cicatriz de mi larga lista.


Pero la reina de mis cicatrices es la que me quedó después de un accidente de cocina con la olla exprés. Esto ocurrió cuando tenía apenas 15 años y las cicatrices aún se ven, algunas incluso se pueden palpar, pero ya no me causa ninguna vergüenza mostrarlas. ¿Será un signo de madurez?


No puedo terminar de hablar de mis cicatrices sin dejar de compartir con ustedes un pequeño poema que inspiraron a un poeta hace algunos ayeres:

Me gustan tus cicatrices
Ellas demuestran
Que las heridas sanan



miércoles, 28 de marzo de 2018

Malditos efectos secundarios

Ha pasado ya mucho tiempo desde la última entrada. Podría decir que la causa de esta prolongada ausencia es el pinchi cáncer, pero no, la verdadera razón por la que no he escrito en casi dos meses es la tercera línea de quimioterapia y todos sus malditos efectos secundarios.
Voy a contarles aquí algunas de los efectos que se me vinieron encima sin poder hacer mucho al respecto por dos razones, la primera es un poco para justificar la ausencia y la segunda, más egoísta, es para que no se me olvide lo mal que la puede pasar cualquier enfermo de cáncer con la quimioterapia. No quiero que se me olvide, no por masoquista, sino para tenerlo presente cuando tenga que tomar alguna decisión y también para valorar en su justa medida los momentos en los que me siento bien y disfrutarlos al máximo.
El primer contratiempo que tuve que sortear en mi "organizado plan" de inicio de la quimio, fue el desabasto del Gemcitabine, uno de los tres medicamentos incluidos en el tratamiento. Una vez más, tuve que recurrir a mi reserva de paciencia para no correr por mi cuenta a la farmacia y comprar la mentada medicina, que fue lo primero que se me ocurrió cuando vi que pasaban semanas y el desabasto continuaba. Tengo que reconocer que si no lo hice fue porque mi oncólogo me dijo que no lo hiciera, en su lugar me recomendó una vez más ser paciente, y lo fui.
Llegó la primera sesión. Todo normal, o eso creía yo. Por la tarde las náuseas fueron muchísimo más fuertes que en ninguna de las anteriores y se incluyeron vómitos que nunca había tenido. Empezaron los cambios en el sabor de los alimentos. Les explico: de lo que coma, dulce o salado, sólo saboreo lo dulce y así, pues no dan ganas de comer. Esa semana transcurrió de lo más normal, con un poco de cansancio y con las náuseas como protagonistas. El día 8 me aplicaron el tratamiento correspondiente y de nuevo, cansancio y náuseas. Luego vino una fiebre inexplicable que aparecía y desaparecía a su gusto, que finalmente cedió hasta que le dio la gana, aun con un fuerte antibiótico y que impidió que me dieran el segundo ciclo de quimio en la fecha programada.
Lo peor de esos días fue un dolor que iniciaba en la parte posterior del cuello y se movía hacia el pecho y la espalda, luego caminaba desde el hombro hacia el brazo y terminaba hasta la mano. Ningún médico de los que visité pudo relacionar ese dolor con la quimioterapia, pero en ese contexto, yo pensaba que ella era la que originaba todo. En la cita médica con el oncólogo, me dio el pase con un ortopedista en el mismo hospital, pero, como suele suceder en las instituciones públicas, la cita sería demasiado lejos y el dolor, de verdad, era insoportable, así que decidí ir a verlo en la consulta privada. No atinó a decir nada, hasta que al otro día le llevé una radiografía del cuello. Su diagnóstico fue: canal cervical estrecho y posible aprisionamiento del nervio cubital, que sólo se solucionaría con cirugía y sólo en los pequeños hospitales privados de La Paz, en pocas palabras, un fraude. Es muy triste para un paciente ver cómo el médico que se supone que está ahí para aliviar el dolor, enseña el cobre, como decimos en México o enseña el plumero, como dicen en España como lo hizo este doctor. Entonces recurrí a otro médico privado que sugirió que pudiera tratarse de la inflamación de la glándula tiroides la que estaba provocando el dolor y me mandó hacer un ultrasonido del cuello. En el ultrasonido lo único que se encontró fue la inflamación de un par de ganglios que el PET ya había identificado con actividad hipermetabólica, o sea, con cáncer. Después de eso, no me quedó otra que esperar que los analgésicos hicieran su trabajo (incluido un episodio de alucinación gracias a un analgésico muy fuerte), hasta que por obra de la casualidad o algo así, una amiga de los scouts se ofreció a acompañarme un rato mientras mi hijo apoyaba en una carrera. Poco antes de irse y después de ver que la estaba pasando bastante mal, me preguntó si me animaría a que me diera un masaje una persona de toda su confianza. Por supuesto que le dije que sí, a esas alturas, estaba dispuesta a hacer lo que me dijeran.
Y apareció la masajista de nombre y manos angelicales. Desde la primera sesión los resultados fueron evidentes. Bastaron tres sesiones para que el dolor desapareciera por completo. No hizo falta la cirugía, ni siquiera más radiografías, resonancias magnéticas o electromiografías realizadas en el servicio privado, por cierto, porque según el médico, los aparatos del hospital no sirven.
Una vez desaparecidos la fiebre y el dolor, estuve lista para que por fin, me dieran el segundo ciclo de quimio. La sesión transcurría de lo más normal, tejer, tomar agua, compartir con los compañeros y con los enfermeros hasta que repentinamente empecé a sentir una fuerte opresión en el pecho, cuando me di cuenta, prácticamente no se me escuchaba la voz y apenas alcancé a decirle al enfermero que me sentía muy mal y que necesitaba ir al baño, me tomaron la presión, tenía 80/40, le llamaron a mi hijo y él me acompañó. Me quedé ahí casi media hora, sin saber de mí, sólo con la sensación de tener sobre el pecho una gran pila de ladrillos y no recordar ni mi nombre. Cuando finalmente me empecé a sentir mejor me fui al sillón y me di cuenta de que tenía las manos y el cuello totalmente enrojecidas. Era una reacción alérgica. Mientras tanto los enfermeros se habían comunicado con mi oncólogo y éste les había dicho que suspendieran la aplicación. Me dejaron ir. Una experiencia terrible.
¿Ustedes creen que eso fue todo? Pues no. La siguiente semana tenía cita en el Hospital 20 de noviembre en la Ciudad de México con la oncóloga quirúrgica que me ha estado dando seguimiento para valorar la posibilidad de cirugía y que en términos prácticos, lo que ha hecho durante los últimos dos años, es programar el estudio PET, que también ha usado mi oncólogo para definir el tratamiento de quimioterapia. También ese día todo parecía transcurrir con normalidad, excepto que la comunicación entre los dos edificios del hospital está interrumpida por los efectos del sismo del 19 de septiembre, lo que triplica el esfuerzo y la distancia a recorrer para poder hacer todos los trámites que son necesarios para programar el estudio y salir de ahí con todos los papeles habidos y por haber firmados y sellados en su totalidad. Mientras mi amiga Laura me hacía el favor de ir al otro edificio a uno de tantos trámites, yo entré al baño y al salir, nada, manchas, negro, a punto de desmayarme. Apenas alcancé a decirle a un médico que pasaba que me sentía muy mal, que me iba a desmayar. Hizo lo que pudo, me tomó la presión con un aparato que yo traía en la bolsa, le pidió un banquito a un pobre muchacho que estaba esperando a su mamá para irse. Intentó conseguir una silla de ruedas que me llevara a urgencias pero no lo logró. Lo único que consiguió fue que un enfermero/camillero (nunca supe qué era), se hiciera cargo de llevarme a urgencias, aunque fuera caminando. Como pudieron él y Laura me dejaron en urgencias. Antes de mí debía haber unos veinte pacientes, pocas esperanzas tenía de que me atendieran pronto pero al menos había una banca y un baño limpio cerca. Tenía una tremenda constipación estomacal, mucha inflamación y necesidad de ir al baño e incluso volver el estómago. Laura terminó todos los trámites mientras yo esperaba que me atendiera el médico de urgencias. El tiempo se hizo de chicle. Creo que entramos a urgencias a eso de las 12:30 y la consulta con el médico debió haber sido como a las 4. Indicó que me ingresaran al servicio de urgencias y solicitó análisis de sangre y orina, radiografía de tórax, electrocardiograma y no sé cuántas cosas más. Una hora más tarde me entregaron una bata y me indicaron que pasara a una sala en la que había dos camas ocupadas y un sillón destartalado, como pude improvisé un taburete para estirar las piernas y a partir de eso, todo mejoró. A eso de las 5 ya había vuelto a ser yo, ya podía pensar y valorar las consecuencias de quedarme internada. Para empezar a esa hora sólo habían tomado la muestra de sangre para el laboratorio y a ese paso, el resto de los estudios los estarían haciendo por la mañana. El meollo del asunto es que nosotros teníamos el vuelo de regreso a las 6 de la mañana y si seguíamos ahí, seguro perderíamos el vuelo. Les pregunté a las trabajadoras sociales, quienes por cierto se portaron sumamente amables conmigo y con Laura, si podían hacer el trámite de "alta voluntaria" y me dijeron que sí se podía tramitar pero que igual podría tardar mucho porque el documento lo debe firmar el médico y el pobre seguía atendiendo pacientes (de verdad, ese hombre no paró en toda la tarde), que me sugerían que, bajita la tenaza, me desapareciera, que a eso ellos le llaman "abandono" y no suele tener ninguna repercusión administrativa. En ese ínter le avisé a mi hermana que ya no era necesario que se moviera desde su casa hasta el hospital porque iba a "abandonar". Ni tarda ni perezosa me volví a poner mi ropa y "abandonamos". Le llamamos a un Uber y salimos disparadas, Laura a casa de una amiga y yo a casa de mi pareja, con la promesa de vernos a las 4 am en el aeropuerto.
Al llegar a La Paz todavía me esperaba la aplicación del día 8 del tratamiento. Otra sesión que, ahora sí, transcurrió con bastante normalidad. Desde entonces hasta antes de antier todo han sido náuseas y cansancio extremo. Tengo que reconocer que todas las pastillas que me recetó el oncólogo para disminuir las náuseas y el vómito, también me atontan, me mantienen en un estado adormilado que es bastante desesperante, por eso decidí, porque me mando sola, dejar de tomar el puño de píldoras y créanme que me siento muchísimo mejor.
Ahora viene una pausa de dos meses porque el estudio está programado para finales de mayo y deben pasar al menos 8 semanas desde la última sesión de quimio. Espero poder aprovechar este estado de lucidez para seguir escribiendo.

jueves, 1 de febrero de 2018

Truchina





Si quienes me leen pasaron su infancia a finales de los 60 y y principios de los 70, recordarán que las tardes solían ser muy largas y teníamos que buscar muchas cosas qué hacer para llenarlas. Si son más jóvenes, aquí van a encontrar una breve descripción de cómo nos entreteníamos antes de la televisión por cable o del mismísimo Netflix.
Después de hacer las tareas escolares y los deberes de la casa, la primera opción era ver la televisión, pero en ese tiempo sólo había programas infantiles en un horario corto que se agotaba rápidamente: Los locos Adams, Los tres chiflados, Hechizada (Bewitched), La isla de Gilligan, Los pequeños Rascals, Mi bella genio (I dream of Jeannie), que por cierto en Nogales veíamos en inglés y sin subtítulos porque sólo llegaba la señal de televisión de Estados Unidos. Ahora que lo pienso, creo que entendíamos menos de la mitad de lo que veíamos, pero de todos modos nos gustaban y nos divertíamos eligiendo algún personaje de los programas y diciendo que éramos nosotros o bien, si no nos gustaba o no era simpático, se lo asignábamos a alguno de nuestros hermanos. Yo misma era Mary Ann, de La isla de Gilligan, por ejemplo. Todo lo demás era jugar.
Entre las muchas cosas que hacíamos para entretenernos dentro de la casa era escuchar discos. Teníamos una consola marca Grundig Majestic similar a la de la imagen.


Imagen relacionada


En mi casa había algunas opciones a elegir: Varios discos de Cri-Cri, algunos más de la Compañía Infantil de Televicentro y otros tantos de cuentos infantiles. Pongo aquí las imágenes para despertar la nostalgia...

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Entre los cuentos, casi todos clásicos, había uno en especial que nos gustaba mucho, se llamaba "El pájaro azul". No es muy conocido, pero cumple con todos los requisitos para ser un cuento de hadas, entre otras, había una princesa, hija de la segunda esposa del rey, que era fea y tonta, se llamaba "Truchina", porque "tenía la cara llena de manchas, como las truchas" decía la narradora del cuento.

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Siguiendo nuestra costumbre de asignarnos a los personajes de los cuentos, mis hermanos me molestaban (y lograban hacerme llorar) diciendo que yo era "Truchina". No cabe duda que escuchar los cuentos nos hacía volar la imaginación, yo ni siquiera sabía qué eran las truchas, pero yo me imaginaba algo muy feo, podría ser una planta o un animal, pero definitivamente era muy feo y con manchas.
¿Quién iba a decir que finalmente terminaría siendo "Truchina"? A partir de los 30 empecé a tener pequeñas manchas en la cara que he tratado de eliminar con muchos remedios, caros y baratos, con poco o nulo efecto.
Pues resulta que ahora, para rematar, uno de los medicamentos que me han puesto para tratar de controlar el pinchi cáncer, provoca que la cicatrización se retarde, así que cualquier herida que me hago, por pequeña que sea, me deja una mancha bastante notable, que no desaparece rápido. Pueden ser granitos en la cara o piquetes de zancudo, cualquier pretexto es bueno para agregar una manchita más a mi colección.
Así que si ahora mis hermanos me llaman "Truchina", tendrán mucha razón. De lo que no estoy segura es si, como cuando éramos niños, me harán llorar. Tal vez sí.

lunes, 22 de enero de 2018

Sobre la frase “libre de cáncer”

Acabo de ver el video de un muchacho muy joven, creo que no debe llegar a 30, que comparte una noticia que muchos enfermos soñamos con escuchar: libre de cáncer. No pude evitar emocionarme con él, debe ser genial que vayas por los resultados y el médico te reciba con tan hermosa y deseada frase: libre de cáncer. Es tan alto el costo que se tiene que pagar por eso, los efectos secundarios de la radioterapia y de la quimioterapia, que sólo pueden valer la pena cuando el resultado de los estudios dice: libre de cáncer. 
Entre paréntesis les comento que a veces pienso que eso de ser “positiva” u “optimista” no sirve de mucho, incluso creo que yo he llegado a límites de ignorancia o tontera al mantener esa actitud. 
Les cuento que, engatusada por ese sentimiento de ánimo, que dicen que es fundamental en la cura del cáncer, esperaba poder organizar una fiesta que mi hijo mayor y yo habíamos bautizado como la “Fiesta libre de cáncer”, después de los resultados del PET en octubre pasado. 
No fue así. Y no será nunca. Eso apenas lo alcancé a entender en esa cita con el oncólogo. Aunque fue tremendamente duro para mí, desde mi ignorancia disfrazada de experiencia, leer frases como “nódulo pulmonar, implante en hueco pélvico, adenopatía cervical, persiste implante mesentérico” y el médico fue optimista cuando me dijo que no era un mal resultado, el golpe vino cuando me dijo: “no vamos a curar, vamos a controlar”. 
No sé si fue la primera vez que lo dijo así, tal cual, o ya lo había dicho y yo no había podido/querido entenderlo. Sí tengo claro que por primera vez me armé de valor y le pregunté al doctor si esperábamos que remitiera el cáncer y me respondió que no. 
Mis resultados nunca serán: “está usted libre de cáncer, regrese en seis meses para hacerle el estudio tal y confirmar que sigue libre de cáncer”. 
Esa noticia ha sido muy fuerte, incluso creo que más fuerte que la de saber que tenía cáncer.  En serio. Por eso a veces pienso que cuando hablamos de ser positivos, optimistas, animosos, corremos el riesgo de no ser realistas, de ser fantasiosos y cuando la realidad te golpea con noticias como ésta, te manda a la lona y levantarte es infinitamente más difícil, cuesta muchísimo más. 
Veía el video y lloraba junto con el muchacho, de la emoción de saber que hay quien se cura y también lloraba por mí, porque, por más positiva y optimista que sea, a mí no me van a decir nunca que estoy libre del pinchi cáncer. 
Escribo esto en vísperas de iniciar, por tercera vez, un tratamiento que consistirá en seis ciclos de quimioterapia, ahora con la certeza de que es para controlar y no para curar. 

Debo empezar a idear otro pretexto para organizar la fiesta pendiente. No sé, tal vez el pretexto pueda ser la vida, así, sin más 

jueves, 18 de enero de 2018

Sobre la paciencia

He leído y escuchado a muchos enfermos de cáncer decir que han aprendido mucho durante su enfermedad. Antes de ser yo la enferma, no era capaz de imaginarme cómo es que puede uno aprender de una situación límite, algo así como "aprender sufriendo", no, no me lo podía imaginar. Algo similar me ocurrió al principio de este camino, no podía pensar que estaba aprendiendo mientras vivía emociones que nunca antes había vivido. Angustia, miedo, dolor, preocupación... ¿cómo aprender de todo esto?
Pues a la vuelta de dos años y medio, me queda claro que he aprendido muchas cosas. Una de ellas es la paciencia. Esa paciencia, la del Santo Job: "Dios me lo dio, Dios me lo quitó", vine a aprenderla a mis cincuenta y pocos tacos, de una forma bastante contundente.
Quienes me conocen, saben que siempre he sido un poco inquieta. Así nos decían antes, ahora tal vez estaría catalogada como hiperactiva. No es nada fuera de lo común, sólo que siempre he tratado de aprovechar el tiempo al máximo. Una prueba de ello es la frase acuñada por el papá de mis hijos: "tu plan de los cinco minutos". Se refería a que cuando planeaba lo que haría en el día, siempre me quedaba todo apretujado y era capaz de decir: "en esos cinco minutos que me quedan libres, puedo pasar al centro a comprar equis cosa". Era y sigue siendo muy cierto... hasta cierto punto.
La primera lección de paciencia la recibí cuando, después de la operación en la que me quitaron la matriz y todos sus anexos, durante la recuperación, tuve una fístula vesico-vaginal (perdón por el lenguaje tan preciso), que no es otra cosa que la orina encontró un caminito extraño por la vagina y empezó a salir por ahí, en lugar de bajar a la vejiga. Fue una situación tan sorpresiva que ni mi hermana, que afortunadamente estaba ahí conmigo para ayudarme, ni yo entendíamos por dónde estaba saliendo. Como esto no es una lección de anatomía, sólo agregaré que entré al hospital en dos ocasiones y finalmente, para resolverlo me sometieron, tres meses después a una segunda cirugía, ahora de la vejiga, muy exitosa, y después de cuatro meses, estuve libre de sondas y demás cosas horrorosas que no me permitían tener una vida "normal".
Fueron tres meses en los que no pude bajar de mi recámara (que está en el primer piso de la casa) a prácticamente nada, los médicos le apostaban a que la fístula pudiera cerrar por sí misma con reposo casi absoluto. Durante todo ese tiempo dependía por completo de los demás, desde la compra hasta la limpieza de la casa, pasando por la comida. Afortunadamente cuento con muchas amigas, ahí lo pude corroborar, que no me dejaron sola. Ellas hacían absolutamente todo y yo, pacientemente, las esperaba y les agradecía todo lo que hicieron por mí. Pacientemente desayunaba, comía y cenaba en mi cama. Pacientemente pasaba del sillón que una amiga muy querida me prestó, a la cama, cargando la bolsa y la sonda. Pacientemente esperaba a que me ayudaran a cambiar el pañal. Pacientemente coloreaba mandalas, veía películas y tejía. Pacientemente esperaba que la cantidad de orina se fuera reduciendo. Con pausas en la paciencia, eso también es cierto. En muchas ocasiones perdí la paciencia y lloré en voz muy baja, pero también a gritos. Entre otras cosas, me desesperaba saber que no podía empezar el tratamiento de radioterapia, que ningún médico iba a autorizar la radio con tremenda fístula y como el tratamiento forzosamente debía ser la combinación quimio-radio, pues era imposible empezar.
Luego vino la segunda operación y su obligado tiempo de recuperación. Igualmente tuve que ser paciente pues como parte de la recuperación me colocaron unos catéteres que se llaman "Doble jota". Al principio no me molestaban, pero al final, dos meses después, los sentía hasta la garganta, no se imaginan qué fastidioso era, no era dolor, era una molestia permanente que no desaparecía ni sentada, ni acostada, ni parada. Fatal.
Cuando finalmente me retiraron los catéteres y todo estuvo bajo control, me mandaron a México, al Hospital 20 de noviembre para, por fin, empezar a recibir la radio y la quimio.
Siguiente lección de paciencia. Para poder iniciar el tratamiento, es necesario que, con base en una tomografía, se marque (tatúe) el o los puntos a donde se dirigirá el rayo. Pero... la máquina estuvo descompuesta, ya no recuerdo cuánto tiempo fue, pero era imposible que se iniciara sin el tatuaje, así que pacientemente me mantuve a la espera de que compusieran la dichosa máquina. En algún momento perdí la paciencia y fui a que me hicieran una valoración en un hospital privado. Ya estaba desesperada, no me hubiera importado pagar lo que pedían por el mismo tratamiento, pero curiosamente, al día siguiente me llamaron para decirme que me presentara en el hospital pues ya estaba lista la máquina para hacer el tatuaje. Terminado el proceso, sólo quedaba esperar a que me  llamaran para dar inicio a las sesiones. En medio de tanta impaciencia, resultó que la otra máquina también se había descompuesto, ahora con mucha mejor suerte, porque tuve que esperar menos de una semana para que me llamaran para empezar el tratamiento.
Otras lecciones de paciencia las he recibido cada vez que me han hecho los estudios PET. Primero hay que esperar a que me lo programen, luego esperar para que lo hagan, esperar los resultados otros días más, luego esperar a que los médicos los interpreten y luego, que digan qué tratamiento sigue. Esto lo he vivido al menos en cuatro ocasiones. Cuatro lecciones de paciencia más.
La última la estoy viviendo en estos momentos. Todo estaba planeado para que este martes me dieran la primera sesión de una serie de seis quimioterapias. Sin embargo, hay desabasto de uno de los medicamentos que me van a poner, así que, una vez más, debo esperar pacientemente a que lo surtan. Como el surtido se hace cada semana, debo esperar a que el lunes próximo llegue y, si no es así, esperar otra semana más...

domingo, 14 de enero de 2018

Voz prestada

Hoy tomaré prestada la voz de una joven que escribió este hermoso texto antes de morir, apenas a los 27 años, por un cáncer de huesos. El pinchi cáncer haciendo de las suyas...

Un pequeño consejo de vida

Es extraño aceptar que mueres a los 26 años, comienza Holly, «siempre me imaginé envejeciendo, arrugada y gris, probablemente por la hermosa familia (con muchos niños) que planeé construir con el amor de mi vida. Lo deseo tanto que me duele. Ahora tengo 27. No quiero irme. Amo mi vida. Estoy feliz gracias a mis seres queridos. Pero está fuera de mi control».

«Es posible que hoy te hayas quedado atrapado en un atasco, que hayas dormido mal porque tus hermosos bebés te mantuvieron despierto, que tu peluquero te haya cortado el cabello demasiado corto. Tus uñas nuevas pueden tener astillas, tus tetas son demasiado pequeñas o quizá tienes celulitis en el culo y tu barriga se tambalea», advierte la joven en uno de los pasajes del texto, «deja ir toda esa mierda. Te juro que no pensarás en esas cosas cuando llegue tu hora... todo es tan insignificante cuando miras tu vida como un todo».

«Trabaja duro para encontrar tu felicidad mental, emocional y espiritual. De esta forma es posible que te des cuenta de lo insignificante e irrelevante que es tener ese estúpido y perfecto cuerpo para las redes sociales. Elimina a aquellos que aparezcan en tu muro y te hagan sentir mal, sé despiadado por tu propio bienestar», subraya Holly, «ganas más felicidad haciendo cosas por otros que haciéndolas para ti mismo». La australiana propone un montón de ideas sobre lo que cualquiera puede hacer por aquellos que tiene cerca.

«Valora el tiempo de otras personas, no los tengas esperando porque eres horrible con la puntualidad», apunta Holly, «usa tu dinero en experiencias, o al menos no te las pierdas porque lo gastas en basura material. Intenta simplemente disfrutar, vivir los momentos en lugar de capturarlos con tu móvil. Escucha música. Abraza a tu perro... cuánto voy a extrañar eso. No te sientas presionado a hacer lo que otras personas podrían creer que es una vida satisfactoria... quizá deseas una vida mediocre y eso está genial. Di a tus seres queridos que los amas cada vez que puedas y ámalos con todo lo que tienes».

«Recuerda que si algo te hace sentir mal, tienes el poder de cambiarlo: en el trabajo, en el amor o donde sea. Ten agallas para cambiar. No sabes cuánto tiempo te queda, no lo desperdicies siendo infeliz», explica la chica, «y una última cosa: si puedes, comienza a donar sangre regularmente. La donación de sangre me ayudó a mantenerme con vida un año más; un año que estaré eternamente agradecida de haber pasado con mi familia, mis amigos y mi perro. Un año en el que viví alguno de los momentos más felices de mi vida».

«Hasta que nos encontremos de nuevo, Holly», concluye el texto, que puede leerse al completo en Facebook.

Holly Butcher murió el pasado jueves, víctima del sarcoma de Ewing, un cáncer de huesos poco común. Tenía apenas 27 años. Horas antes de morir quiso dejar un mensaje al mundo a través de su cuenta de Facebook, unas palabras conmovedoras que se han hecho virales.

viernes, 5 de enero de 2018

53 vueltas al sol

Hoy no hablaré del pinchi cáncer. Hablaré de mis cumpleaños. 

Siempre me ha gustado festejar mi cumpleaños, desde niña, fuera cual fuera el festejo, yo era feliz. Recuerdo pocas fiestas con piñata y demás parafernalia, supongo que por cuestiones climáticas, vivíamos entonces en Nogales, Sonora y en enero, sí o sí, hace muchísimo frío. También me imagino que a principios de enero, después de todos los gastos de las fiestas, sería bastante complicado organizar fiesta en forma. Aun así, mi mamá (por alguna razón no recuerdo a mi papá involucrado en esto cuando niña) siempre hizo lo posible para que no pasara desapercibido. 
Hubo una ocasión, lo recuerdo perfectamente, en la que hicieron una fiesta de cumpleaños doble, a una de mis hermanas que cumple años en diciembre y a mí. Echaron la casa por la ventana. Nos vistieron iguales, hubo pastel, piñata y dulces y fueron invitados los niños de la escuela y del barrio, además de los primos. Fue una fiesta extraordinaria. 
Recuerdo otro cumpleaños, creo que estaba en tercero de primaria, era sábado y no había festejo en puerta, pero mi mamá me dio permiso de que mi mejor amiga en ese momento fuera a mi casa y se estuviera todo el día conmigo. Hacía mucho frío, incluso estuvo cayendo aguanieve, así que estuvimos en la casa todo el tiempo. Jugamos hasta que nos cansamos, a las enfermeras, a la casita, a la escuelita, a los doctores de animales y ya no recuerdo qué más. Curiosamente no recuerdo que mis hermanitos participaran en nuestros juegos. No sé dónde se habrán metido o sí sólo los ignoramos, pero en todos los juegos estábamos solas ella y yo. Cuando se tuvo que ir porque ya estaba oscureciendo, me quedé muy triste. Siempre he añorado ese día de juegos sin fin. 
Cuando cumplí 10 años (creo), mi mamá pensó que una buena manera de festejar era llevándome al cine a ver, nada más y nada menos, Star Wars. Recién la habían estrenado y parecía que era una buena película infantil. Le agradecí la invitación y nos fuimos muy contentas, ella y yo, a ver la famosa película. No entendí nada. Punto. Creo que hasta me dormí. Pero yo estaba demasiado contenta como para amargarme diciendo que no le había entendido y echarle a perder a mi mamá su festejo, así que no dije absolutamente nada. También recuerdo que saliendo del cine nos fuimos a misa, su mejor forma de festejarme. 
Uno de los cumpleaños que más recuerdo es el de mis 15. Tuve la mala fortuna de que mi abuelo muriera el 30 de diciembre. Para mi cumple no había pasado ni una semana de haberlo enterrado así que mi “fiesta de 15”, fue muy sui generis. Para empezar, con un vestido beige extraño, de tela de toalla (que estaba de moda), entré a la iglesia escoltada por un cura y por mi tía monja. La fiesta fue organizada por mi mamá (una vez más). No hubo música. Mi mamá hizo pierna de puerco al horno. Mis hermanas invitaron a todos sus amigos de
 la prepa y yo apenas invité a cuatro amigos de la secundaria. Eso sí, tuve un pastel muy rico. 
A partir de ahí, yo organicé mis fiestas siempre que pude. 
En defensa de mi papá, debo decir que siempre que venía a Hermosillo a pasar navidad, un día antes de que me regresara, él se encargaba de organizar el pastel, las papitas y las sodas. Siempre digo: ¡Qué esperanzas que mi apá me dejara ir sin festejar mi cumpleaños! 

Eso sí, siempre he detestado festejarlos con rosca de reyes.