lunes, 3 de septiembre de 2018

Sobre la vanidad y la autoestima

Es sabido por quienes me conocen que mi cabello es de naturaleza lacia, lisa, sin un cairel, vaya, y que al menos en los últimos veinte años, lo he lucido en diversos largos y colores, y siempre con mucho orgullo. 
Lamento decepcionarlos, no siempre fui tan madura para aceptar que mi pelo es lacio y delgado como pocos. Durante la adolescencia y llevada por modas fugaces, me atreví a que me hicieran las tan famosas bases o permanentes que, combinadas con mi colorazo bronce natural, hacía que se dudara de mi origen sonorense y se pensara que provenía de Veracruz o de la mismísima África. En pocas palabras parecía una negrita, una falsa negrita. 
Más adelante, ya en la carrera, me vi obligada a volver a las andadas so pretexto de uno, dos o tres montajes en los que mis personajes me lo exigían. Y ¿por qué no reconocerlo? Detrás de las bases estaba el secreto deseo de parecerme a Eugenia León, que por esa época usaba sus naturales rizos en una melena envidiable, al menos para mí. Durante esos años no se me veía tan mal y, como verán más adelante, mi autoestima es bastante alta de modo que estuve muy contenta con mi apariencia de Eugenia León (según yo). 
La última vez que me atreví de nuevo, fue después de que nació mi hijo mayor, o sea, hace 26 años. El resultado fue tan aterrador que decidí que jamás lo haría de nuevo y lo cumplí.
Durante los últimos 26 años he transitado de melenas a la príncipe valiente, a cabellos largos y estilizados, y en colores no se diga, como si mi cabello fuera un lienzo, le depositaron toda clase de tintes, rojizos, castaños, negros, combinados con mechas, listones o como se llamara a la técnica de moda. Siempre muy orgullosa de mi cabello, insisto. 
Cuando en 2016 (D.C.) me dijo el oncólogo que me darían quimioterapia, en lo último que pensé fue en la caída del cabello. Así que cuando la oncóloga me dijo que la quimio que me aplicarían no provocaba caída del cabello, me cayó el veinte de que eso podría pasar. De hecho fue entonces que aprendí que no todos los medicamentos la provocan. Recuerdo que una de mis hermanas me dijo que en solidaridad se raparía y le dije que afortunadamente no sería mi caso y ambas nos pusimos muy contentas. 
Pero luego, en el mismo 2016, con eso de la “respuesta parcial al tratamiento”, de nuevo le aposté a la quimio, ahora con otros medicamentos y, en particular el Paclitaxel, que sí provocaría pérdida total de mi querido y amado cabello. 
Tomé entonces varias decisiones: me tatué las cejas y los ojos y me fui a Phoenix a buscar una peluca.
Aquí voy a hacer una pausa, porque voy a contarles que en esos días vi a una prima/amiga muy querida, que había sido diagnosticada de cáncer unos meses antes que yo y que ya era experta en quimioterapias y efectos secundarios. Cuando le conté que iba a ir a Phoenix a buscar la peluca se sorprendió y me dijo textualmente: “No sabía que fueras tan vanidosa” y yo le dije “Ni yo tampoco” y nos reímos a carcajada limpia. Entonces me contó que ella prefería los turbantes que las pelucas pero que era más feliz si no se tenía que poner nada, o sea, andar pelona en su casa. También me confesó que la primera vez que le empezó a salir el pelo de nuevo, ella se seguía rasurando porque era mucho más cómodo, hasta que alguien en su familia la cachó y tuvo que dejar de hacerlo. Pues yo no terminé de creer lo que me estaba contando, ¿Cómo es que le gustan los turbantes? ¿Cómo es que le gusta que la vean pelona? ¿Cómo es que le resulta cómodo estarse rasurando diario? ¿Cómo?  Después pensé, bueno, así es ella, no tenemos por qué ser iguales y olvidé la conversación. 
Lamentablemente mi querida Lorena ya no está entre nosotros, el pinchi cáncer, pero sobre todo (creo yo) la quimioterapia, se la llevaron antes de que pudiera soplar 53velitas en su pastel.
Una vez concluida esta triste pausa, le termino de contar que otra de mis hermanas y yo fuimos en Phoenix a varias tiendas de pelucas y que el costo de la gran mayoría excedían mi presupuesto, hasta que encontramos una con una apariencia muy naturalita pero que era bastante plástica y daba el gatazo. La compré con todo el kit: estructura dónde colocarla, cepillo, shampoo y enjuague. Y regresé con mi tesoro (barato) a La Paz. También le debo dar crédito a mi mamá que rebuscó en sus cajones y encontró el turbante estilo Kalimán color blanco que usó ella durante sus quimioterapias, aproximadamente veinte años atrás, y con todo el amor de que mi mamá es capaz, me lo prestó. Y yo se lo agradecí con el corazón, aunque siempre supe que no lo usaría. 
Sucedió lo inevitable, un buen día el cabello se me empezó a caer a mechones y pedí auxilio entre mis amigas, les solicitaba una máquina de rasurar y un voluntario que además fuera a mi casa a raparme. De inmediato llegaron a mi casa mi casi compadre y mi casi ahijada. Sin temor de Dios, el compadre me dejó como Cocoliso, mi ahijada no observó la masacre capilar, nos esperó en la sala y cuando me vio dijo una mentira: Te ves bien, nina. Aunque tal vez no fuera tan falso su comentario, en primer lugar porque es (¿o era?) una inocente niña o porque con la cabeza como trapeador de escuela pública me veía realmente mal. Les agradecí mucho la visita de peluquero y corrí a bañarme y a rasurarme por completo. 
Ahí llegó la primera revelación. Me veía en el espejo y no me parecía tan mal. Me gustaba. 
Luego vinieron varios días de estar en casa por los efectos secundarios, pero en la primera oportunidad, me fui a una misa scout, la de San Francisco, patrono de los lobatos y por fin me puse la dichosa peluca. Eso fue picarme en un lado, luego en otro, en otro y ¡no poder rascarme! Además de estar permanentemente mortificada por si se había enchuecado (torcido) y parecía un adefesio.  Demasiada tensión para un asunto del pelo. Opté entonces por los turbantes hechos con chales o fulares o casi cualquier pedazo de tela. Me fui a la tienda favorita de los paceños, la DAX y compré varios trapos, sobre todo de colores lisos para poder combinarlos con mi ropa. 
Otra pausa, ahora para contarles la lección de vida que me dio una señora de unos 60 años en la fila del laboratorio del ISSSTE. Ella llevaba un turbante estilo Kalimán de un color liso y le pregunté dónde lo había comprado. Me dijo que en Liverpool, que no le gustaban tanto este tipo de turbantes, pero que los otros eran demasiado coloridos y, cito textualmente: ¿luego para combinar?  La amé. Ella no sabe cuánto me enseñó. A su edad y con cáncer, ella no dejaba de pensar en las combinaciones. Que una mujer esté enferma de cáncer, no la hace perder su coquetería y, a pesar de la adversidad, para ella su presentación era importante. Cierro la pausa. 
Así pasaron algunas semanas, ensayando nuevas formas de armar los turbantes, materiales y colores, hasta que finalmente tomé la decisión de no ponerme nada. Mantener el coco bien afeitado y maquillarme lo mejor que puedo. En ese momento cobraron sentido las palabras de Lorena, totalmente. Es muy cómodo, es más fácil afeitarse que lavarse, enjuagarse, secarse el pelo y peinarse, sin contar el ahorro en peluqueros y tintes.
Y bueno, lo más sorprendente de todo es que me gustaba verme sin pelo, no me molestaba para nada, estaba perfectamente conforme con mi imagen. Al parecer no soy tan vanidosa como creí.