lunes, 16 de abril de 2018

Sobre las cicatrices

Mi relación con las cicatrices se remonta a mi infancia. Eran los primeros días del ciclo escolar, estaba en primero de secundaria y tenía apenas 11 añitos, cuando de pronto una tarde tuve un dolor de estómago bastante fuerte y algo de fiebre. Mi mamá, creyendo que era un simple malestar estomacal, me dio a tomar en varias ocasiones bicarbonato de sodio disuelto en agua y algún analgésico, me mandó a dormir y por la mañana me despachó a la escuela. El dolor no se iba del todo, pero lo podía soportar, hasta que llegó justamente la hora de Educación Artística (flauta, por supuesto) con un profe del que sólo recuerdo su apodo, el Florecitas, ahí ya no aguanté más y le pedí permiso de salir para hablarle a mi mamá. Recuerdo todo el recorrido por los pasillos y las escaleras para llegar a una ventanilla y pedir el teléfono prestado. Mi mamá llegó pronto por mí y nos fuimos al ISSSTE, los médicos, incluso mi tío, coincidieron en que se trataba de apendicitis y que era urgente operar. De inmediato nos fuimos al hospital y a eso de las 5 de la tarde ya me estaba operando un médico bastante mayor al que poco le interesaba la estética o la posibilidad de usar bikini en un futuro. Me dejó una cicatriz imposible de esconder, parecida a un alacrán, que cruzaba de arriba a abajo mi pequeña pancita. Horrorosa. La cargo desde los 11 años y aún me sigue impresionando su fealdad. Ésa fue la primera de una larga cadena.

Luego siguieron las cicatrices de las cesáreas de mis dos hijos. Ésas fueron las más felices, casi no se ven y aunque se vieran, valieron la pena, son las mejores.

Estas tres cicatrices fueron A.C., o sea, antes del cáncer (pinchicáncer). Las siguientes son D.C.
En menos de tres meses, mi pancita (panzota) se adornó de otras dos cicatrices. La primera sirvió para que el cirujano me sacara la matriz y puntos circunvecinos, incluyendo ganglios cercanos para saber si el pinchi cáncer ya se había mudado a alguno de ellos. Lo hizo sin piedad alguna. Dejó una cicatriz que empieza arriba del ombligo, lo rodea y cruza toda la barriga, en términos de ganado, me abrió a pie canal. Y como mi barriga es bastante prominente, logró dividirla en dos. La segunda, cuando me abrieron para revisar por qué la vejiga no estaba cumpliendo su función, no la hicieron sobre la primera, sino milímetros al lado de la primera, con lo cual, parece que tengo unos rieles de tren atravesados en la panza. Ahí no acaba la cosa, en ambas operaciones me dejaron además, un drene al lado, que dejaron otras dos pequeñas cicatrices y ahora adornan mi tasajeada barriga.

Hasta aquí la reseña de las grandes cicatrices que engalanan mi vapuleado cuerpo. No he mencionado que, por alguna razón que desconozco, mi cicatrización es de tipo queloide o queloidal, lo que significa que, en lugar de que los dos lados de la piel que se separaron, se unan sin mayor problema, se produce un crecimiento de tejido en medio de ambos, en pocas palabras, crece un bultito que afea tremendamente cualquier cicatriz, independientemente del tamaño de la herida. Ah, y no desaparecen fácilmente.

Así las cosas, puedo decir que tengo recuerdos concretos de casi todas mis cicatrices.

Desde la que me hice cuando tenía unos ocho años y quise comprobar que el plástico se podía pegar si se quemaba y me salí con una bolsa de dulces Brach's y dos fósforos al pasillo que estaba al lado de la cocina de mis abuelos. Nunca pude comprobar si se pegaba el plástico o no, porque el viento jugó en mi contra y la bolsa casi en llamas se me pegó al brazo, lo que me provocó una quemadura no muy profunda ni grande, pero sí dolorosa. No recuerdo cómo me curé, si le dije a mis abuelos o no, o si me regañaron, lo que sí sé es que me quedó una cicatriz que tenía la forma de los números 1 0 1 y ahora con esfuerzo, puedo identificar en mi brazo derecho.

Hasta la última, que también le debo al pinchi cáncer: cuando me colocaron el porta catéter a través del cual me ponen la quimioterapia, por alguna razón se me hizo una perforación en la pleura (la capa que cubre los pulmones) y estuve hospitalizada no sé cuántos días. Para resolver el tema del aire positivo y el aire negativo, me colocaron entre las costillas del lado derecho, un aparato que se llama "sello de agua", que me dejó la última cicatriz de mi larga lista.


Pero la reina de mis cicatrices es la que me quedó después de un accidente de cocina con la olla exprés. Esto ocurrió cuando tenía apenas 15 años y las cicatrices aún se ven, algunas incluso se pueden palpar, pero ya no me causa ninguna vergüenza mostrarlas. ¿Será un signo de madurez?


No puedo terminar de hablar de mis cicatrices sin dejar de compartir con ustedes un pequeño poema que inspiraron a un poeta hace algunos ayeres:

Me gustan tus cicatrices
Ellas demuestran
Que las heridas sanan



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