miércoles, 28 de marzo de 2018

Malditos efectos secundarios

Ha pasado ya mucho tiempo desde la última entrada. Podría decir que la causa de esta prolongada ausencia es el pinchi cáncer, pero no, la verdadera razón por la que no he escrito en casi dos meses es la tercera línea de quimioterapia y todos sus malditos efectos secundarios.
Voy a contarles aquí algunas de los efectos que se me vinieron encima sin poder hacer mucho al respecto por dos razones, la primera es un poco para justificar la ausencia y la segunda, más egoísta, es para que no se me olvide lo mal que la puede pasar cualquier enfermo de cáncer con la quimioterapia. No quiero que se me olvide, no por masoquista, sino para tenerlo presente cuando tenga que tomar alguna decisión y también para valorar en su justa medida los momentos en los que me siento bien y disfrutarlos al máximo.
El primer contratiempo que tuve que sortear en mi "organizado plan" de inicio de la quimio, fue el desabasto del Gemcitabine, uno de los tres medicamentos incluidos en el tratamiento. Una vez más, tuve que recurrir a mi reserva de paciencia para no correr por mi cuenta a la farmacia y comprar la mentada medicina, que fue lo primero que se me ocurrió cuando vi que pasaban semanas y el desabasto continuaba. Tengo que reconocer que si no lo hice fue porque mi oncólogo me dijo que no lo hiciera, en su lugar me recomendó una vez más ser paciente, y lo fui.
Llegó la primera sesión. Todo normal, o eso creía yo. Por la tarde las náuseas fueron muchísimo más fuertes que en ninguna de las anteriores y se incluyeron vómitos que nunca había tenido. Empezaron los cambios en el sabor de los alimentos. Les explico: de lo que coma, dulce o salado, sólo saboreo lo dulce y así, pues no dan ganas de comer. Esa semana transcurrió de lo más normal, con un poco de cansancio y con las náuseas como protagonistas. El día 8 me aplicaron el tratamiento correspondiente y de nuevo, cansancio y náuseas. Luego vino una fiebre inexplicable que aparecía y desaparecía a su gusto, que finalmente cedió hasta que le dio la gana, aun con un fuerte antibiótico y que impidió que me dieran el segundo ciclo de quimio en la fecha programada.
Lo peor de esos días fue un dolor que iniciaba en la parte posterior del cuello y se movía hacia el pecho y la espalda, luego caminaba desde el hombro hacia el brazo y terminaba hasta la mano. Ningún médico de los que visité pudo relacionar ese dolor con la quimioterapia, pero en ese contexto, yo pensaba que ella era la que originaba todo. En la cita médica con el oncólogo, me dio el pase con un ortopedista en el mismo hospital, pero, como suele suceder en las instituciones públicas, la cita sería demasiado lejos y el dolor, de verdad, era insoportable, así que decidí ir a verlo en la consulta privada. No atinó a decir nada, hasta que al otro día le llevé una radiografía del cuello. Su diagnóstico fue: canal cervical estrecho y posible aprisionamiento del nervio cubital, que sólo se solucionaría con cirugía y sólo en los pequeños hospitales privados de La Paz, en pocas palabras, un fraude. Es muy triste para un paciente ver cómo el médico que se supone que está ahí para aliviar el dolor, enseña el cobre, como decimos en México o enseña el plumero, como dicen en España como lo hizo este doctor. Entonces recurrí a otro médico privado que sugirió que pudiera tratarse de la inflamación de la glándula tiroides la que estaba provocando el dolor y me mandó hacer un ultrasonido del cuello. En el ultrasonido lo único que se encontró fue la inflamación de un par de ganglios que el PET ya había identificado con actividad hipermetabólica, o sea, con cáncer. Después de eso, no me quedó otra que esperar que los analgésicos hicieran su trabajo (incluido un episodio de alucinación gracias a un analgésico muy fuerte), hasta que por obra de la casualidad o algo así, una amiga de los scouts se ofreció a acompañarme un rato mientras mi hijo apoyaba en una carrera. Poco antes de irse y después de ver que la estaba pasando bastante mal, me preguntó si me animaría a que me diera un masaje una persona de toda su confianza. Por supuesto que le dije que sí, a esas alturas, estaba dispuesta a hacer lo que me dijeran.
Y apareció la masajista de nombre y manos angelicales. Desde la primera sesión los resultados fueron evidentes. Bastaron tres sesiones para que el dolor desapareciera por completo. No hizo falta la cirugía, ni siquiera más radiografías, resonancias magnéticas o electromiografías realizadas en el servicio privado, por cierto, porque según el médico, los aparatos del hospital no sirven.
Una vez desaparecidos la fiebre y el dolor, estuve lista para que por fin, me dieran el segundo ciclo de quimio. La sesión transcurría de lo más normal, tejer, tomar agua, compartir con los compañeros y con los enfermeros hasta que repentinamente empecé a sentir una fuerte opresión en el pecho, cuando me di cuenta, prácticamente no se me escuchaba la voz y apenas alcancé a decirle al enfermero que me sentía muy mal y que necesitaba ir al baño, me tomaron la presión, tenía 80/40, le llamaron a mi hijo y él me acompañó. Me quedé ahí casi media hora, sin saber de mí, sólo con la sensación de tener sobre el pecho una gran pila de ladrillos y no recordar ni mi nombre. Cuando finalmente me empecé a sentir mejor me fui al sillón y me di cuenta de que tenía las manos y el cuello totalmente enrojecidas. Era una reacción alérgica. Mientras tanto los enfermeros se habían comunicado con mi oncólogo y éste les había dicho que suspendieran la aplicación. Me dejaron ir. Una experiencia terrible.
¿Ustedes creen que eso fue todo? Pues no. La siguiente semana tenía cita en el Hospital 20 de noviembre en la Ciudad de México con la oncóloga quirúrgica que me ha estado dando seguimiento para valorar la posibilidad de cirugía y que en términos prácticos, lo que ha hecho durante los últimos dos años, es programar el estudio PET, que también ha usado mi oncólogo para definir el tratamiento de quimioterapia. También ese día todo parecía transcurrir con normalidad, excepto que la comunicación entre los dos edificios del hospital está interrumpida por los efectos del sismo del 19 de septiembre, lo que triplica el esfuerzo y la distancia a recorrer para poder hacer todos los trámites que son necesarios para programar el estudio y salir de ahí con todos los papeles habidos y por haber firmados y sellados en su totalidad. Mientras mi amiga Laura me hacía el favor de ir al otro edificio a uno de tantos trámites, yo entré al baño y al salir, nada, manchas, negro, a punto de desmayarme. Apenas alcancé a decirle a un médico que pasaba que me sentía muy mal, que me iba a desmayar. Hizo lo que pudo, me tomó la presión con un aparato que yo traía en la bolsa, le pidió un banquito a un pobre muchacho que estaba esperando a su mamá para irse. Intentó conseguir una silla de ruedas que me llevara a urgencias pero no lo logró. Lo único que consiguió fue que un enfermero/camillero (nunca supe qué era), se hiciera cargo de llevarme a urgencias, aunque fuera caminando. Como pudieron él y Laura me dejaron en urgencias. Antes de mí debía haber unos veinte pacientes, pocas esperanzas tenía de que me atendieran pronto pero al menos había una banca y un baño limpio cerca. Tenía una tremenda constipación estomacal, mucha inflamación y necesidad de ir al baño e incluso volver el estómago. Laura terminó todos los trámites mientras yo esperaba que me atendiera el médico de urgencias. El tiempo se hizo de chicle. Creo que entramos a urgencias a eso de las 12:30 y la consulta con el médico debió haber sido como a las 4. Indicó que me ingresaran al servicio de urgencias y solicitó análisis de sangre y orina, radiografía de tórax, electrocardiograma y no sé cuántas cosas más. Una hora más tarde me entregaron una bata y me indicaron que pasara a una sala en la que había dos camas ocupadas y un sillón destartalado, como pude improvisé un taburete para estirar las piernas y a partir de eso, todo mejoró. A eso de las 5 ya había vuelto a ser yo, ya podía pensar y valorar las consecuencias de quedarme internada. Para empezar a esa hora sólo habían tomado la muestra de sangre para el laboratorio y a ese paso, el resto de los estudios los estarían haciendo por la mañana. El meollo del asunto es que nosotros teníamos el vuelo de regreso a las 6 de la mañana y si seguíamos ahí, seguro perderíamos el vuelo. Les pregunté a las trabajadoras sociales, quienes por cierto se portaron sumamente amables conmigo y con Laura, si podían hacer el trámite de "alta voluntaria" y me dijeron que sí se podía tramitar pero que igual podría tardar mucho porque el documento lo debe firmar el médico y el pobre seguía atendiendo pacientes (de verdad, ese hombre no paró en toda la tarde), que me sugerían que, bajita la tenaza, me desapareciera, que a eso ellos le llaman "abandono" y no suele tener ninguna repercusión administrativa. En ese ínter le avisé a mi hermana que ya no era necesario que se moviera desde su casa hasta el hospital porque iba a "abandonar". Ni tarda ni perezosa me volví a poner mi ropa y "abandonamos". Le llamamos a un Uber y salimos disparadas, Laura a casa de una amiga y yo a casa de mi pareja, con la promesa de vernos a las 4 am en el aeropuerto.
Al llegar a La Paz todavía me esperaba la aplicación del día 8 del tratamiento. Otra sesión que, ahora sí, transcurrió con bastante normalidad. Desde entonces hasta antes de antier todo han sido náuseas y cansancio extremo. Tengo que reconocer que todas las pastillas que me recetó el oncólogo para disminuir las náuseas y el vómito, también me atontan, me mantienen en un estado adormilado que es bastante desesperante, por eso decidí, porque me mando sola, dejar de tomar el puño de píldoras y créanme que me siento muchísimo mejor.
Ahora viene una pausa de dos meses porque el estudio está programado para finales de mayo y deben pasar al menos 8 semanas desde la última sesión de quimio. Espero poder aprovechar este estado de lucidez para seguir escribiendo.