Nuestro lenguaje de niños estuvo salpicado de palabras en inglés. Vivíamos en la frontera, mi mamá hablaba un inglés perfecto, veíamos la tele en inglés (aunque no entendiéramos gran cosa) y escuchábamos música en inglés.
También en los juegos usábamos muchas palabras en inglés: ¡one, two, three por mí y por todos mis amigos! (cuando jugábamos al bote de la patada), o jugábamos pin jacks (en muchos lugares le dicen matatena), por poner algunos ejemplos. Pero había una palabra que se usaba en varios juegos, en las correteadas, en el 18, y otros más.
La palabra que nos salvaba la vida, era la beis, o sea, en español, la base. Lo primero en esos juegos era definir cuál sería la beis, podía ser un lugar muy reducido y peleábamos por entrar en ella, podía ser un palo o una piedra y teníamos que tocarlo y seguirlo haciendo mientras estuviéramos ahí, o podía ser muy amplia, sólo si el juego no era demasiado competitivo.
Si nos venían correteando para pasarnos la roña, o las traes, o el 18, llegar a la beis era un oasis, podías descansar y tomar bríos para continuar correteando. Además, siempre al llegar debíamos gritar ¡beis! Como ya dije, nos salvaba la vida.
La ausencia de mi mamá me ha hecho recordar la beis. Y es que ella era mi beis, pensar en ella, llamarle o estar con ella me salvaba.
Desde que me diagnosticaron el pinchi cáncer, esta sensación de alivio al hablar con ella, de estar protegida en mi beis, aumentó muchísimo. Yo sentía que podía hablar con ella en el mismo idioma en cuanto a las molestias, la caída del pelo, las preocupaciones y demás cosas sobre el cáncer, porque ella muchos años atrás tuvo al pinchi cáncer como visitante no deseado. Primero en un seno, se lo quitaron, luego metástasis en los huesos. Salió de ambas con quimios y con mucho amor a su alrededor, pero sobre todo con esa envidiable fe a toda prueba que la caracterizó hasta el final de sus días.
Recuerdo que, cuando me dijeron que la quimio que me iban a dar era de las que tumban el pelo, de inmediato me dijo que tenía guardado el turbante que usó cuando se le cayó el pelo. Entonces, cuando fui a Hermosillo antes de iniciar la quimio y que fui al otro lado a comprar la peluca que sólo usé una vez, lo primero que hizo fue darme el bultito que encontró en el primer cajón de su tocador, con sus ochenta y tantos años, todo su amor y sororidad.
También me pasó muchas veces, tratar de evitar hablar con ella cuando me sentía muy mal por los efectos de la quimio o durante la crisis de principios de año pasado.
Tenía dos razones, la primera era porque quería evitarle el dolor y preocupación que se siente cuando tienes un hijo enfermo; mientras que la segunda razón, más egoísta, era que temía que, apenas escuchara su voz, mi beis, yo me quebrara y soltara el llanto. Ese llanto que había sido contenido durante mucho tiempo y que sólo es capaz de aflorar cuando uno se encuentra en su zona de alivio, de seguridad: en la beis.
El año pasado, durante la crisis, hablé por teléfono con ella en muchas ocasiones. Recuerdo que invariablemente me decía que lamentaba mucho no poder ir a México a ayudarme. Que ojalá mis hermanos la dejaran viajar para estar conmigo y yo siempre le decía que no se preocupara, pero en el fondo era lo que más deseaba.
Ya para cerrar esta entrada, les cuento que después de la crisis, cuando ya estaba mucho mejor, a una de mis sobrinas se le ocurrió hacer una videollamada. Estaban en casa de otra de mis sobrinas, la habían llevado a pasar el día con nietas y bisnietos y estaba muy contenta. Al verla, sólo verla, empecé a llorar como una niña a mis cincuenta y pocos años. Sólo verla me hizo darme cuenta del temor, nunca expresado, ni siquiera pensado racionalmente, de no volver a verla. De no volver a sentirme segura y protegida en mi beis.
Durante estos primeros días del año, me han pasado cosas extraordinariamente buenas, sobre todo que los resultados de la tomografía son muy buenos, al parecer el pinchi cáncer está arrinconado. Aunque todavía no puedo decir que estoy libre de cáncer, el diagnóstico de ENFERMEDAD ESTABLE, es sumamente reconfortante. Pero no puedo compartirlo con ella, con mi amá, con mi beis.