Si quienes me leen pasaron su infancia a finales de los 60 y y principios de los 70, recordarán que las tardes solían ser muy largas y teníamos que buscar muchas cosas qué hacer para llenarlas. Si son más jóvenes, aquí van a encontrar una breve descripción de cómo nos entreteníamos antes de la televisión por cable o del mismísimo Netflix.
Después de hacer las tareas escolares y los deberes de la casa, la primera opción era ver la televisión, pero en ese tiempo sólo había programas infantiles en un horario corto que se agotaba rápidamente: Los locos Adams, Los tres chiflados, Hechizada (Bewitched), La isla de Gilligan, Los pequeños Rascals, Mi bella genio (I dream of Jeannie), que por cierto en Nogales veíamos en inglés y sin subtítulos porque sólo llegaba la señal de televisión de Estados Unidos. Ahora que lo pienso, creo que entendíamos menos de la mitad de lo que veíamos, pero de todos modos nos gustaban y nos divertíamos eligiendo algún personaje de los programas y diciendo que éramos nosotros o bien, si no nos gustaba o no era simpático, se lo asignábamos a alguno de nuestros hermanos. Yo misma era Mary Ann, de La isla de Gilligan, por ejemplo. Todo lo demás era jugar.
Entre las muchas cosas que hacíamos para entretenernos dentro de la casa era escuchar discos. Teníamos una consola marca Grundig Majestic similar a la de la imagen.
En mi casa había algunas opciones a elegir: Varios discos de Cri-Cri, algunos más de la Compañía Infantil de Televicentro y otros tantos de cuentos infantiles. Pongo aquí las imágenes para despertar la nostalgia...


Entre los cuentos, casi todos clásicos, había uno en especial que nos gustaba mucho, se llamaba "El pájaro azul". No es muy conocido, pero cumple con todos los requisitos para ser un cuento de hadas, entre otras, había una princesa, hija de la segunda esposa del rey, que era fea y tonta, se llamaba "Truchina", porque "tenía la cara llena de manchas, como las truchas" decía la narradora del cuento.
Siguiendo nuestra costumbre de asignarnos a los personajes de los cuentos, mis hermanos me molestaban (y lograban hacerme llorar) diciendo que yo era "Truchina". No cabe duda que escuchar los cuentos nos hacía volar la imaginación, yo ni siquiera sabía qué eran las truchas, pero yo me imaginaba algo muy feo, podría ser una planta o un animal, pero definitivamente era muy feo y con manchas.
¿Quién iba a decir que finalmente terminaría siendo "Truchina"? A partir de los 30 empecé a tener pequeñas manchas en la cara que he tratado de eliminar con muchos remedios, caros y baratos, con poco o nulo efecto.
Pues resulta que ahora, para rematar, uno de los medicamentos que me han puesto para tratar de controlar el pinchi cáncer, provoca que la cicatrización se retarde, así que cualquier herida que me hago, por pequeña que sea, me deja una mancha bastante notable, que no desaparece rápido. Pueden ser granitos en la cara o piquetes de zancudo, cualquier pretexto es bueno para agregar una manchita más a mi colección.
Así que si ahora mis hermanos me llaman "Truchina", tendrán mucha razón. De lo que no estoy segura es si, como cuando éramos niños, me harán llorar. Tal vez sí.
