jueves, 4 de agosto de 2022

4 de agosto

¡Caramba! Más de un año sin escribir. No tengo idea de la razón de no haber escrito, lo cierto es que hoy se me ocurrió compartir con ustedes lo siguiente.

 La tensión empezó unos días antes. Por ahí del 28 de julio tuve un sangrado inusual, que no podía ser la menstruación porque apenas unos días antes había tenido otra… Me prometí y les prometí a mis hermanas que llegando a La Paz iría a hacerme el papanicolau y así lo hice. Cambié de médico por alguna extraña razón, pensé que si algo estaba mal sería mejor que me atendiera algún médico del ISSSTE. Tras la primera revisión, el ginecólogo de inmediato ordenó los estudios. Entre el 28 de julio y el 4 de agosto hay apenas siete días, siete días que pasaron rápidamente entre citas médicas, laboratorios y resultados, a la vez, esos días pasaron con mucha lentitud, el tiempo cobra una dimensión distinta cuando se está a la espera de los resultados de estudios médicos, creo que muchas personas coincidirán conmigo en esto. 

En este tramo siempre estuve acompañada de Marisol, amiga de mucho tiempo y que me demostró que su amistad es a prueba de todo. 

Finalmente, el 4 de agosto de 2015, fuimos al laboratorio por la tarde a recoger los resultados. No abrimos el sobre en el lugar, ni siquiera en el carro. Nos esperamos a estar en la casa. Llegamos y nos sentamos a la mesa, en el comedor de mi antigua casa. Abrimos el sobre y por fin, leí muchas palabras que en el momento no me dijeron nada, estaba como en las nubes. Poco a poco las palabras fueron cobrando sentido, sobre todo la palabra “carcinoma”. Me quedé pensando en esa palabra… carcinoma, carcinoma… y entonces le hice a Marisol la pregunta más absurda, torpe y hasta tonta: ¿Carcinoma es cáncer, verdad? De ese tamaño era mi incredulidad. No recuerdo la emoción exacta del momento. Sólo recuerdo la sensación de un color oscuro que invadía mi cuerpo y me oprimía todos y cada uno de los músculos, sin dejar espacio al aire, como si todo el cuerpo estuviera apretado. No lo puedo explicar de otra manera. 

Han pasado 7 años desde ese día 4 de agosto. Mi vida dio un vuelco, nada volvió a ser como antes… 

Gracias a Dios, a la ciencia y a los médicos, he recuperado la salud. Por ahora han quedado atrás momentos muy difíciles en los que fueron fundamentales la compañía y el apoyo incondicional de mi mamá, mis hijos,mis hermanos, mis sobrinos, mis amigos cercanos y muchos otras personas que me mostraron su cariño de muchas maneras y ahora considero como amigos y a quienes estaré eternamente agradecida. 

Justo hoy, 4 de agosto de 2022, voy camino a la Ciudad de México a realizarme un estudio que me hago cada tres meses. Desde hace un año y medio el estudio dice que no hay actividad inusual en las células de mi cuerpo, estoy limpia, dice mi oncólogo. Siete años después, estoy limpia. La expectativa eran 7 años y estoy limpia. Nada está escrito. 

lunes, 21 de diciembre de 2020

Cabo de año

Empiezo esta publicación en el malecón de La Paz. Son las 6:24 del 21 de diciembre de 2020. Hace un año dormí junto a mi mamá, sin imaginarme lo que se vendría horas más tarde. Durmió mal, tosió mucho, pero cuando la Carmen mi hermana la levantó para asearla en el baño, se despertó como si nada y estuvo averiguando lo que sí y lo que no. ¿Patol y Sarahí vienen por el otro lado o por Janos? Acuérdense que en estos días cierran esa carretera por la nieve. ¿El Gonzalo a qué hora llega? ¿Qué conocidos fueron a la posada de anoche? ¿De modo que la Clara ya llegó? Y así... totalmente plantada en la realidad. Después, la Carmen la acostó en un sillón que estaba dentro del cuarto, era tan pequeñita de estatura que cabía perfecto en un love seat. Se durmió un ratito y de repente se despertó y de su garganta salió un ruido muy extraño, volteé a verla y tenía los ojos como desorbitados, luego los cerró y no más. La vida se le fue en ese grito, ni siquiera fuerte, más bien, muy profundo. Lo que vino después fue lo que la adrenalina nos dictó a la Carmen y a mí, luego al Juan y no lo describo porque tengo muchas nubes en la memoria.

No tenía la intención de contar aquí lo que pasó esa madrugada pero así fue saliendo. 

Se llegó el “cabo de año”. Tengo que confesar que esta frase no la conocí hasta que la Rita mi hermana la dijo cuando mi apá cumplió un año de fallecido y mi amá osó no estar en Hermosillo en esa fecha. No concebía que hubiera decidido irse de vacaciones justo por esos días, justo en el cabo de año. 

Nada me hubiera gustado más que estar en Hermosillo en el cabo de año de mi amá. Que estuviéramos todos juntos e ir a misa, aunque fuera con sana distancia y cubrebocas. Pero no pudo ser y es así que estoy en La Paz honrando su cabo de año. 

El año más largo de mi vida y vaya que he tenido años largos últimamente. Me hace tanta falta, como no me imaginé nunca que sería. 

Y si le agrego todas las implicaciones que ha tenido la pandemia y el confinamiento, la sensación de orfandad se multiplica exponencialmente. 

Pienso en cómo habría reaccionado a todo lo que ha pasado este año.  Tengo sentimientos encontrados. Por un lado agradezco que no haya estado aquí viviendo todo el estrés que vivimos quienes nos quedamos, aunque sé que para ella habría sido un motivo más para reafirmar su fe y se la habría vivido, rosario en mano, rezando por todo el mundo, por los difuntos por su descanso eterno, por los enfermos para que se alivien y por los sanos para que no enfermen. Enterada de qué “artistas” se enfermaron, se recuperaron, fallecieron, dónde se contagiaron y otros datos importantes que, incluso a mí, se me van. Uy, no se le caería de la boca lo que dijo Gatell o las tarugadas de AMLO. 

Lo vuelvo a decir, la echo mucho de menos. Extraño darle el parte de los resultados del tratamiento, avisarle cada vez que salgo a México y oír su voz de alegría al saber que la Clara mi hermana  y yo estamos juntas y pasándola bien, como buenas hermanitas, que para ella era lo más importante, según sus propias palabras. 

Agradezco que ya no haya estado aquí y vivir el dolor de perder otro hijo, aunque ella era lo suficientemente sabia para acomodar su dolor y saber vivir con él sin derrumbarse. Además quiero pensar que lo recibió allá arriba, muy feliz de estar otra vez con su Juan José del Niño Jesús y con la certeza de que allá, en la gloria de Dios, estará mejor que aquí. 

Estaría muy orgullosa de que el Gonzalo, que supo ganarse su cariño en los últimos años, anda en Madrid, estudiando una maestría. Se le llenaría la boca, se lo contaría hasta a las paredes, con ese tonito de presumida que la caracterizaba. Habría estado al pendiente de las noticias de España y del clima de Madrid y se habría preocupado mucho por el frío que estaría pasando el muchachito, el buqui fregado. 

Habría seguido puntualmente las campañas a la presidencia de Estados Unidos y se habría alegrado muchísimo por la derrota de Trump porque no le caía nada bien, nunca le cayó. 

Estaría sumamente orgullosa de que la Rita está “jugando” para rectora de la UNISON, también se lo contaría a medio mundo y repetiría ese tono presumido que muchos le conocíamos y festejábamos.

Uy, cuánto se habría alegrado por el nombramiento de la Chiquis en su trabajo, por todos los kilos que bajó la Marcia durante la pandemia o porque la Gali es coordinadora de carrera en la uni. Mi nueva casa la habría hecho muy feliz . En eso también era sabia, presumía los logros personales y profesionales de sus hijos y nietos como suyos y tenía razón, su aliento, su ánimo y su reconocimiento nos llevó a todos, a tener vidas plenas y felices. 

Lamento mucho haberla preocupado tanto por mi salud, pero también sé que sin su oración y su fe, tal vez no estaría donde estoy. 

Agradezco que no estuviera aquí cuando me intoxiqué con el yodo del medio de contraste de la TAC, aunque estoy segura que desde allá negoció con su amigo que el desafortunado evento no pasara a mayores. 

Y lamento mucho más que se haya ido sabiendo que había mejorado mucho, pero no estará aquí cuando reciba la esperada noticia de que estoy libre del pinchi cáncer, que espero llegue muy pronto.

La lista de los pros y los contras de que se haya ido es muy larga... como largo ha sido este año sin su oración, su risa y su voz. 

Te quiero por siempre  mater la mine. 

viernes, 21 de febrero de 2020

Mi beis

Nuestro lenguaje de niños estuvo salpicado de palabras en inglés. Vivíamos en la frontera, mi mamá hablaba un inglés perfecto, veíamos la tele en inglés (aunque no entendiéramos gran cosa) y escuchábamos música en inglés. 
También en los juegos usábamos muchas palabras en inglés: ¡one, two, three por mí y por todos mis amigos! (cuando jugábamos al bote de la patada), o jugábamos pin jacks (en muchos lugares le dicen matatena), por poner algunos ejemplos. Pero había una palabra que se usaba en varios juegos, en las correteadas, en el 18, y otros más. 
La palabra que nos salvaba la vida, era la beis, o sea, en español, la base. Lo primero en esos juegos era definir cuál sería la beis, podía ser un lugar muy reducido y peleábamos por entrar en ella, podía ser un palo o una piedra y teníamos que tocarlo y seguirlo haciendo mientras estuviéramos ahí, o podía ser muy amplia, sólo si el juego no era demasiado competitivo. 
Si nos venían correteando para pasarnos la roña, o las traes, o el 18, llegar a la beis era un oasis, podías descansar y tomar bríos para continuar correteando. Además, siempre al llegar debíamos gritar ¡beis! Como ya dije, nos salvaba la vida. 
La ausencia de mi mamá me ha hecho recordar la beis. Y es que ella era mi beis, pensar en ella, llamarle o estar con ella me salvaba. 
Desde que me diagnosticaron el pinchi cáncer, esta sensación de alivio al hablar con ella, de estar protegida en mi beis, aumentó muchísimo. Yo sentía que podía hablar con ella en el mismo idioma en cuanto a las molestias, la caída del pelo, las preocupaciones y demás cosas sobre el cáncer, porque ella muchos años atrás tuvo al pinchi cáncer como visitante no deseado. Primero en un seno, se lo quitaron, luego metástasis en los huesos. Salió de ambas con quimios y con mucho amor a su alrededor, pero sobre todo con esa envidiable fe a toda prueba que la caracterizó hasta el final de sus días. 
Recuerdo que, cuando me dijeron que la quimio que me iban a dar era de las que tumban el pelo, de inmediato me dijo que tenía guardado el turbante que usó cuando se le cayó el pelo. Entonces, cuando fui a Hermosillo antes de iniciar la quimio y que fui al otro lado a comprar la peluca que sólo usé una vez, lo primero que hizo fue darme el bultito que encontró en el primer cajón de su tocador, con sus ochenta y tantos años, todo su amor y sororidad. 
También me pasó muchas veces, tratar de evitar hablar con ella cuando me sentía muy mal por los efectos de la quimio o durante la crisis de principios de año pasado. 
Tenía dos razones, la primera era porque quería evitarle el dolor y preocupación que se siente cuando tienes un hijo enfermo; mientras que la segunda razón, más egoísta, era que temía que, apenas escuchara su voz, mi beis, yo me quebrara y soltara el llanto. Ese llanto que había sido contenido durante mucho tiempo y que sólo es capaz de aflorar cuando uno se encuentra en su zona de alivio, de seguridad: en la beis. 
El año pasado, durante la crisis, hablé por teléfono con ella en muchas ocasiones. Recuerdo que invariablemente me decía que lamentaba mucho no poder ir a México a ayudarme. Que ojalá mis hermanos la dejaran viajar para estar conmigo y yo siempre le decía que no se preocupara, pero en el fondo era lo que más deseaba. 
Ya para cerrar esta entrada, les cuento que después de la crisis, cuando ya estaba mucho mejor, a una de mis sobrinas se le ocurrió hacer una videollamada. Estaban en casa de otra de mis sobrinas, la habían llevado a pasar el día con nietas y bisnietos y estaba muy contenta. Al verla, sólo verla, empecé a llorar como una niña a mis cincuenta y pocos años. Sólo verla me hizo darme cuenta del temor, nunca expresado, ni siquiera pensado racionalmente, de no volver a verla. De no volver a sentirme segura y protegida en mi beis. 
Durante estos primeros días del año, me han pasado cosas extraordinariamente buenas, sobre todo que los resultados de la tomografía son muy buenos, al parecer el pinchi cáncer está arrinconado. Aunque todavía no puedo decir que estoy libre de cáncer, el diagnóstico de ENFERMEDAD ESTABLE, es sumamente reconfortante. Pero no puedo compartirlo con ella, con mi amá, con mi beis. 



domingo, 5 de enero de 2020

Otro sobre mi cumpleaños

Hoy cumplo 55, mis primeros 55 diría mi apá. Será el primer cumple en el que no pueda festejar, aunque fuera a la distancia con mi amá, porque justo hace dos semanas, el sábado 21 de diciembre, dejó el plano terrenal y se fue a reunir con el Dios que siempre creyó, el que le ofreció vida eterna. Allá estará reunida con todos los que nos dejaron, sólo ella sabía a quién quería ver de nuevo o no, siempre fue muy discreta, o tal vez indecisa, pero de que seguro está muy feliz, lo está. 
Les cuento que no es la primera vez que mi cumple se ve empañado por eventos de este tipo, puede decirse que ya estoy muy impuesta (acostumbrada) a que algo pase cerca de mi cumple.
Mi Tata, papá de mi amá, murió el 30 de diciembre de 1979. Desde la Navidad las cosas ya no iban bien como para festejar, algunos de nosotros estábamos en Hermosillo (mi mamá y yo fuimos a misa de gallo sin suéter y luego habremos comido algo) y otros tantos en Nogales, así que se podrán imaginar que el festejo de Año Nuevo fue verdaderamente un desastre. Pues nada, seguía mi cumpleaños, justo cumpliría 15 años. 
Mi Yaya, hermana de mi amá, no quiso que pasara desapercibido y me llevó a comprar un vestido dizque blanco, que en realidad era beige, un vestido de calle, corto, de una tela horrenda que parecía de toalla pero estaba muy de moda. Así tuve la quinceañera más extraña que se puedan imaginar. La misa fue a las 5 de la tarde en el Santuario de Guadalupe, mis padrinos fueron mi Yaya (monjita) y el Padre que ofició la misa, creo que se llamaba Padre Che Juan o algo así. Después de la misa nos fuimos a la casa, mi mamá preparó pierna al horno (que le quedaba muy bien).
Los invitados a mi fiesta fueron mis compañeros de la secundaria: Héctor, Luis Ángel, Gaby y Ana Isabel. En cambio, mis hermanas que estudiaban en el Miravalle, llevaron a un montón de muchachos y muchachas que yo ni conocía. Por ahí andan unas fotos que no me dejan mentir.
En esa época el luto incluía, además de usar ropa negra o “negrita”, no ver tele, no escuchar música y mucho menos bailar, así que en mi fiesta de quince hubo misa, amigos, risas y pastel, pero no hubo ni música, ni baile.
Esto no es para nada una queja, la verdad es que era tal el dolor que sentía por la muerte de mi abuelo, que ninguna de las restricciones impuestas por los adultos me parecieron exageradas o injustas. 
Acabo de caer en cuenta de que anteriormente había descrito esta fiesta, sin embargo decidí continuarla porque la perspectiva con la que escribí la anterior es muy distinta de ésta.
Luego, el 27 de diciembre de 1989, murió mi Mamanina. Yo estaba por cumplir los 25 años y ya estaba casada. No recuerdo haber festejado mi cumpleaños, lo que no significa que no haya habido alguna clase de festejo, pero de que no fue algo memorable, no lo fue. 
Y ahora, a punto de cumplir los 55, una vez más se nubla el panorama. Tengo sentimientos encontrados. Por una parte tengo ganas de festejar por todo lo alto mi cumple puesto que el radiólogo resume los resultados de las tomografías como ENFERMEDAD ESTABLE, frase que yo desconocía aún después de casi cinco años del diagnóstico, amén de que yo me siento muy bien y que el episodio crítico de febrero a abril ya quedó por completo en el pasado. 
Voy a echar de menos su llamada de felicitación, por lo general la primera que siempre recibía. Voy a festejar siempre la vida, ella me lo enseñó con el entusiasmo con el que siempre acometía todo lo que hacía, estrenar ropa, conocer lugares distintos, comer lo de siempre y lo novedoso (creo que era la única viejita a la que le encantaban las pizzas, las hamburguesas, el sushi y la coca con nieve, ice cream soda, como siempre le dijo), viajar a donde fuera y rezar a toda hora, por todo sus hijos y por todos los que le pedían oración. 
Tendré el cumpleaños más feliz pero más triste en mucho tiempo. 

martes, 7 de mayo de 2019

Sobre la forma de mostrar amor

Que no haya escrito en tanto tiempo no es gratuito. Muchas cosas han pasado desde la última entrada. Reconozco que me ha costado mucho trabajo entrar al blog y darle clic a ese pequeño rectángulo que dice “Nueva entrada”. No ha sido precisamente porque no tenga nada qué contar, al contrario, hay muchísimas novedades en este camino que he venido recorriendo desde hace casi cuatro años con este pinchi cáncer que al parecer llegó para quedarse, aunque yo quisiera creer lo contrario y por eso no me rindo.
Lo vivido en estos últimos tres meses me dan para escribir sobre muchísimos temas, algunos más superfluos que otros, eso sí, tal vez por eso es que no me animaba a escribir, por el temor de perder ese “estilo” si se le puede llamar así, de las otras entradas. En fin, aquí voy a hablarles de lo sorprendente que ha sido para mí vivir en carne propia la tan llevada y traída solidaridad, además del cariño, la comprensión, la empatía, las cuales tienen como común denominador el amor.
Después del último resultado del PET, que fue bastante desalentador, tuve la fortuna de que mi oncólogo, el Dr. Ceja, me propusiera participar en un protocolo de investigación en el que se probaría la aplicación de un tratamiento de inmunoterapia (ojalá lo puedan googlear y le entiendan, no como yo que cada vez que lo tengo que explicar lo tengo que volver a leer) a pacientes que como yo, la quimioterapia dejó de ser una opción de curación y como mucho, podría ser sólo para paliar el pinchi cáncer. 
Como ya se podrán haber dado cuenta, esa propuesta para mí, fue algo así como una pequeña luz al final del túnel y a principios de febrero me lancé a la capirucha a probar suerte. Nunca me imaginé que un viaje programado para cinco días se terminara convirtiendo en casi tres meses de entrar y salir del hospital, tres cirugías y una serie de contratiempos totalmente fuera de mi control (imagínenme a mí sin poder controlar, difícil, ¿no?). 
Independientemente de todos los problemas médicos que se fueron suscitando, de los que suelo tal vez pueda contarles más adelante y ustedes podrán leer si acaso les resulta interesante, la mejor experiencia fueron las distintas demostraciones de amor de las que fui objeto. 
Tengo qué aclarar que la participación en el protocolo de investigación incluye toda la atención médica que sea necesaria para asegurar que estoy en las mejores condiciones de salud requeridas, esto incluye cirugías, consultas, transfusiones y por supuesto, el tratamiento en sí. Sin embargo, la segunda cirugía, que además era urgente, no entraba en los gastos que cubre el laboratorio que patrocina la investigación, por lo que se hizo necesario que nosotros (me refiero a mi familia y a mí) la cubriéramos, no sin antes recurrir a la seguridad social y otras opciones de abaratar los costos. Entrados en la urgencia y yo con dolores insoportables, mi hermana Clara (en cuya casa estuve durante todo este tiempo) y yo, estuvimos barajando la posibilidad de abrir una cuenta fondeadora para que, apelando a la solidaridad de nuestra familia y amigos, se aligerara el costo de la cirugía. Nos tardamos en hacerlo y mi hijo Santiago se nos adelantó, lo que no he agradecido bastante porque la respuesta de apoyo se dejó sentir de inmediato y por tanto la presión por lo económico dejó de ser prioridad para poder concentrarnos en el tema de la cirugía y la recuperación de mi salud.
Como muchos de ustedes saben, suelo estar al pendiente de Facebook y Twitter, aunque no soy de las que publica cada paso que da, cada cierto tiempo o evento comparto lo que estoy disfrutando o viviendo. Sin embargo, lo que tiene que ver con el pinchi cáncer lo omito, no sé si voluntaria o involuntariamente, por lo que la solicitud de apoyo económico que se hizo en las redes tomó a mucha gente de sorpresa y se dejaron caer mensajes y llamadas de preocupación sobre mi estado de salud a mí, a mis hijos, hermanos y amigos más cercanos. 
Esta enorme respuesta de personas muy queridas pero que por alguna razón yo sentía lejanas, personas que ni siquiera conozco pero que quieren o aprecian a mis hermanos y por supuesto, personas de mi familia de las que no dudo de su cariño y aprecio, ha sido para mí lo más gratificante y lo que más agradezco de esta tremenda experiencia que acabo de pasar. 
Quiero aclarar que no me refiero únicamente al apoyo económico que recibí de todos. Estoy hablando de las llamadas y mensajes que recibimos para preguntar por mi salud, de las oraciones elevadas al cielo desde distintas ciudades y países, de los buenos deseos, vibras y velitas encendidas, de las visitas al hospital y a la casa y de todas esas demostraciones de afecto y cariño. 
Esta entrada es únicamente para agradecer a todos aquellos que contribuyeron a que mi salud emocional también se fortaleciera con tantas muestras de amor hacia mi persona y mi familia.
Tal vez esta entrada no sea graciosa o les parezca demasiado seria, pero es lo que está en mi corazón en estos momentos. Espero tener la oportunidad de retribuir de algún modo lo que han hecho por mí. Gracias de corazón. 

lunes, 3 de septiembre de 2018

Sobre la vanidad y la autoestima

Es sabido por quienes me conocen que mi cabello es de naturaleza lacia, lisa, sin un cairel, vaya, y que al menos en los últimos veinte años, lo he lucido en diversos largos y colores, y siempre con mucho orgullo. 
Lamento decepcionarlos, no siempre fui tan madura para aceptar que mi pelo es lacio y delgado como pocos. Durante la adolescencia y llevada por modas fugaces, me atreví a que me hicieran las tan famosas bases o permanentes que, combinadas con mi colorazo bronce natural, hacía que se dudara de mi origen sonorense y se pensara que provenía de Veracruz o de la mismísima África. En pocas palabras parecía una negrita, una falsa negrita. 
Más adelante, ya en la carrera, me vi obligada a volver a las andadas so pretexto de uno, dos o tres montajes en los que mis personajes me lo exigían. Y ¿por qué no reconocerlo? Detrás de las bases estaba el secreto deseo de parecerme a Eugenia León, que por esa época usaba sus naturales rizos en una melena envidiable, al menos para mí. Durante esos años no se me veía tan mal y, como verán más adelante, mi autoestima es bastante alta de modo que estuve muy contenta con mi apariencia de Eugenia León (según yo). 
La última vez que me atreví de nuevo, fue después de que nació mi hijo mayor, o sea, hace 26 años. El resultado fue tan aterrador que decidí que jamás lo haría de nuevo y lo cumplí.
Durante los últimos 26 años he transitado de melenas a la príncipe valiente, a cabellos largos y estilizados, y en colores no se diga, como si mi cabello fuera un lienzo, le depositaron toda clase de tintes, rojizos, castaños, negros, combinados con mechas, listones o como se llamara a la técnica de moda. Siempre muy orgullosa de mi cabello, insisto. 
Cuando en 2016 (D.C.) me dijo el oncólogo que me darían quimioterapia, en lo último que pensé fue en la caída del cabello. Así que cuando la oncóloga me dijo que la quimio que me aplicarían no provocaba caída del cabello, me cayó el veinte de que eso podría pasar. De hecho fue entonces que aprendí que no todos los medicamentos la provocan. Recuerdo que una de mis hermanas me dijo que en solidaridad se raparía y le dije que afortunadamente no sería mi caso y ambas nos pusimos muy contentas. 
Pero luego, en el mismo 2016, con eso de la “respuesta parcial al tratamiento”, de nuevo le aposté a la quimio, ahora con otros medicamentos y, en particular el Paclitaxel, que sí provocaría pérdida total de mi querido y amado cabello. 
Tomé entonces varias decisiones: me tatué las cejas y los ojos y me fui a Phoenix a buscar una peluca.
Aquí voy a hacer una pausa, porque voy a contarles que en esos días vi a una prima/amiga muy querida, que había sido diagnosticada de cáncer unos meses antes que yo y que ya era experta en quimioterapias y efectos secundarios. Cuando le conté que iba a ir a Phoenix a buscar la peluca se sorprendió y me dijo textualmente: “No sabía que fueras tan vanidosa” y yo le dije “Ni yo tampoco” y nos reímos a carcajada limpia. Entonces me contó que ella prefería los turbantes que las pelucas pero que era más feliz si no se tenía que poner nada, o sea, andar pelona en su casa. También me confesó que la primera vez que le empezó a salir el pelo de nuevo, ella se seguía rasurando porque era mucho más cómodo, hasta que alguien en su familia la cachó y tuvo que dejar de hacerlo. Pues yo no terminé de creer lo que me estaba contando, ¿Cómo es que le gustan los turbantes? ¿Cómo es que le gusta que la vean pelona? ¿Cómo es que le resulta cómodo estarse rasurando diario? ¿Cómo?  Después pensé, bueno, así es ella, no tenemos por qué ser iguales y olvidé la conversación. 
Lamentablemente mi querida Lorena ya no está entre nosotros, el pinchi cáncer, pero sobre todo (creo yo) la quimioterapia, se la llevaron antes de que pudiera soplar 53velitas en su pastel.
Una vez concluida esta triste pausa, le termino de contar que otra de mis hermanas y yo fuimos en Phoenix a varias tiendas de pelucas y que el costo de la gran mayoría excedían mi presupuesto, hasta que encontramos una con una apariencia muy naturalita pero que era bastante plástica y daba el gatazo. La compré con todo el kit: estructura dónde colocarla, cepillo, shampoo y enjuague. Y regresé con mi tesoro (barato) a La Paz. También le debo dar crédito a mi mamá que rebuscó en sus cajones y encontró el turbante estilo Kalimán color blanco que usó ella durante sus quimioterapias, aproximadamente veinte años atrás, y con todo el amor de que mi mamá es capaz, me lo prestó. Y yo se lo agradecí con el corazón, aunque siempre supe que no lo usaría. 
Sucedió lo inevitable, un buen día el cabello se me empezó a caer a mechones y pedí auxilio entre mis amigas, les solicitaba una máquina de rasurar y un voluntario que además fuera a mi casa a raparme. De inmediato llegaron a mi casa mi casi compadre y mi casi ahijada. Sin temor de Dios, el compadre me dejó como Cocoliso, mi ahijada no observó la masacre capilar, nos esperó en la sala y cuando me vio dijo una mentira: Te ves bien, nina. Aunque tal vez no fuera tan falso su comentario, en primer lugar porque es (¿o era?) una inocente niña o porque con la cabeza como trapeador de escuela pública me veía realmente mal. Les agradecí mucho la visita de peluquero y corrí a bañarme y a rasurarme por completo. 
Ahí llegó la primera revelación. Me veía en el espejo y no me parecía tan mal. Me gustaba. 
Luego vinieron varios días de estar en casa por los efectos secundarios, pero en la primera oportunidad, me fui a una misa scout, la de San Francisco, patrono de los lobatos y por fin me puse la dichosa peluca. Eso fue picarme en un lado, luego en otro, en otro y ¡no poder rascarme! Además de estar permanentemente mortificada por si se había enchuecado (torcido) y parecía un adefesio.  Demasiada tensión para un asunto del pelo. Opté entonces por los turbantes hechos con chales o fulares o casi cualquier pedazo de tela. Me fui a la tienda favorita de los paceños, la DAX y compré varios trapos, sobre todo de colores lisos para poder combinarlos con mi ropa. 
Otra pausa, ahora para contarles la lección de vida que me dio una señora de unos 60 años en la fila del laboratorio del ISSSTE. Ella llevaba un turbante estilo Kalimán de un color liso y le pregunté dónde lo había comprado. Me dijo que en Liverpool, que no le gustaban tanto este tipo de turbantes, pero que los otros eran demasiado coloridos y, cito textualmente: ¿luego para combinar?  La amé. Ella no sabe cuánto me enseñó. A su edad y con cáncer, ella no dejaba de pensar en las combinaciones. Que una mujer esté enferma de cáncer, no la hace perder su coquetería y, a pesar de la adversidad, para ella su presentación era importante. Cierro la pausa. 
Así pasaron algunas semanas, ensayando nuevas formas de armar los turbantes, materiales y colores, hasta que finalmente tomé la decisión de no ponerme nada. Mantener el coco bien afeitado y maquillarme lo mejor que puedo. En ese momento cobraron sentido las palabras de Lorena, totalmente. Es muy cómodo, es más fácil afeitarse que lavarse, enjuagarse, secarse el pelo y peinarse, sin contar el ahorro en peluqueros y tintes.
Y bueno, lo más sorprendente de todo es que me gustaba verme sin pelo, no me molestaba para nada, estaba perfectamente conforme con mi imagen. Al parecer no soy tan vanidosa como creí. 


lunes, 27 de agosto de 2018

No aprendo (Efectos secundarios, segunda parte)

Pues miren, les cuento que después de la entrada sobre los efectos secundarios (marzo), efectivamente me hicieron el estudio PET y resultó que el efecto de la quimio sobre los tumores que ya existían fue mínimo, en palabras técnicas: “respuesta parcial al tratamiento” y además, se agregaron unos cuantos tumorcillos nuevos. Con esta mala nueva he estado viviendo desde mayo. También ha cambiado mucho mi perspectiva sobre la forma de hacerle frente. 
No es nada fácil escuchar las recomendaciones del oncólogo: piensa en tramitar tu pensión por invalidez, (¿a mis 53 añitos, con lo que me falta para jubilarme?), viaja todo lo que puedas (eso sí me gustó), acomoda todo para que tengas calidad de vida (y eso ¿cómo se come?). Poco a poco he ido entendiendo lo que implican todas las recomendaciones de mi oncólogo, aunque al principio me parecieron descabelladas y fatalistas y me hicieron llorar, no saben cuánto. 
Entonces me puse manos a la obra. Planee un viaje a Madrid para reunirme con la internacional Familia Madrileña, no sin antes ir a ver a mi mamá, hermanos, sobrinos, similares y conexos a Hermosillo, unos días de vacaciones con mi pareja en algún lugar cercano a la CDMX, etc. Todo ello a manera de premedicación porque la quimioterapia me esperaba a la vuelta. Me felicito por haber tomado esa decisión, tuve unas vacaciones espectaculares, tranquilas, pero sobre todo, llenas de amor y paz. 
Postergué la quimioterapia para agosto, siempre esperando que no llegara la fecha, pero como dice el dicho: no hay plazo que no se cumpla...
Como ya soy una experta, me sé el camino, laboratorios, cita con el oncólogo y finalmente, aplicación. Sólo que ahora hubo cambios en los medicamentos y en las dosis.  
Hace dos viernes me presenté a la sala de quimioterapia y empezó la historia. La medicina que me provocó una reacción alérgica la última vez, volvió a hacer de las suyas, me empecé a sentir fatal y tuvieron que suspender la ,aplicación además de inyectarme no sé cuántas cosas para contrarrestar los efectos. Tardé muchísimo en recuperarme pero finalmente me dejaron salir. La pobre Laura, mi amiga a la que le tocó el episodio en el 20 de noviembre, nomás pelaba tremendos ojotes. Pasé una tarde terrible, fui incontables veces al baño, aunque también es cierto que cada vez me sentía mejor. Sábado y domingo estuve sufriendo un poco con las náuseas, pero tranquila en general, tanto que pude ver en  la televisión algo de Netflix, muy bien acompañada de mi hijo mayor. El lunes, con el optimismo que me caracteriza, me levanté a bañar y desayunar para ir al hospital yo sola, manejando, sólo que cuando me senté a desayunar empecé a ver destellos amarillos y negros y, antes de que ocurriera cualquier cosa, le llamé a mi hijo y le pedí que fuera por mí. Afortunadamente no me desmayé y para cuando llegó Santiago por mí, ya estaba lista para ir al hospital a que me pusieran una inyección de un medicamento que ayuda a restablecer los glóbulos blancos. Fuimos al hospital, me inyectaron, me tomaron la presión y todo pareció normal, así que nos regresamos a la casa. El día pasó sin mayores molestias. 
El martes, también optimistamente y a pesar de que desde la madrugada me empezó un dolor horrible en la boca, me levanté con el plan de bañarme como normalmente lo habría hecho y nada, ahora sí me desmayé de verdad. Sara, la chica que me ayuda, hizo lo que pudo para levantarme y subirme a la cama. Así que entre mareos, náuseas, dolor en la boca, fatiga y susto, mucho susto, pasé martes y miércoles. Durante esos días estuve probando cualquier cantidad de remedios para las aftas (no tenía ninguna, pero me dolía tanto la boca que no podía ni asomarme), lo mismo que estuve tomándome la presión constantemente porque sentía una fuerte opresión en el pecho. Las mediciones de la presión me ponían cada vez más nerviosa porque parecían indicar que la traía muy alta, a tal punto que el jueves le pedí a una amiga que me llevara al ISSSTE. Un fiasco, la presión perfecta. Me sentí tan tonta frente al enfermero que puso cara de “¿Qué hacemos? No la puedo pasar con el médico por presión alta si la trae perfecta.” Así que agarré mi carnet y me fui muy decidida a que me tomaran de nuevo la presión en el servicio de quimioterapia. Otro fiasco, la presión perfecta. Una buena charla con el enfermero y la jefa del servicio, me animó a buscar al oncólogo para preguntarle si en esa condición (presión perfecta), con el dolor de la boca, las náuseas y todo lo demás, podría tomar la segunda dosis de una quimioterapia oral que me tocaba el viernes. Como siempre, me dejó la opción de tomarla o no, y valorar en la siguiente consulta la posibilidad de continuar o no con el tratamiento. Me dio también algunas ideas sobre qué hacer ante tanto maldito efecto secundario. Así que mi amiga me llevó a la casa con la cola entre las patas. No tenía nada de la presión y todo lo que me pasaba era perfectamente normal considerando que hacía unos días me habían dado el tratamiento, incluso el doctor había dicho que podrían ser algunos residuos de la intoxicación. 
Todo indicaba entonces que el viernes podría tomar la quimio oral sin problemas y así lo hice. Casi inmediatamente me empezó a doler el pecho de una manera espantosa. Sentada, acostada, parada, era como con espasmos, aparecía repentinamente y luego desaparecía. Muy fuerte. Entonces recordé que el doctor había dicho que para el dolor de la boca podía tomar ketorolaco sublingual y un día antes lo había mandado comprar, así que ni tarda ni perezosa, me puse la pastilla debajo de la lengua y esperé que actuara. Efectivamente, en unos 20 minutos el dolor se había escondido lo suficiente como para empezar a sentirme mejor. Dormí por ratos y en algún momento tomé el prospecto de la medicina que había quedado sobre la cama. En él decía que en caso de dolor de pecho inusual y fuerte, se debería llamar al médico, por riesgo de isquemia cardiaca. Pues casi me da una isquemia. Yo, la prudente con las medicinas, la que no se toma una aspirina sin receta médica, me había tomado un analgésico fuerte en lugar de llamar al médico (que igual me hubiera mandado a urgencias del ISSSTE). Ahí sí me llevé el susto de mi vida, pero ya no había nada qué hacer, sólo esperar que pasara el tiempo, el efecto del analgésico y que no reapareciera el dolor en el pecho. Durante la tarde seguí navegando con otros efectos, finalmente el sábado amanecí muchísimo mejor y seguía sin poder creer lo que había hecho. Sábado y domingo transcurrieron sin novedades y en franca recuperación. Tal es la mejoría que estoy siendo capaz de escribir esto durante la tarde noche del domingo.
Sé bien que hace algunos meses dije que no volvería a tomar quimioterapia porque la había pasado muy mal en la última. No cumplí.
Pareciera que no aprendo, está claro que la quimioterapia me pone unas buenas palizas, que acaba con la maravillosa sensación de estar sana, sobre todo porque hasta el momento no tengo ningún síntoma del cáncer y de todas formas, ahí voy de terca. 
Pero, ¿saben? Detrás de la decisión de volver a la quimio, hay miedo, un montón de miedo. “Sí tomando tratamiento, los tumorcitos se multiplican, ¿qué puedo esperar si no lo tomo?”.  Es la decisión más difícil, la que me come la cabeza permanentemente y me hace contradecirme cada dos por tres. A nadie le deseo estar en mi lugar.