No es nada fácil escuchar las recomendaciones del oncólogo: piensa en tramitar tu pensión por invalidez, (¿a mis 53 añitos, con lo que me falta para jubilarme?), viaja todo lo que puedas (eso sí me gustó), acomoda todo para que tengas calidad de vida (y eso ¿cómo se come?). Poco a poco he ido entendiendo lo que implican todas las recomendaciones de mi oncólogo, aunque al principio me parecieron descabelladas y fatalistas y me hicieron llorar, no saben cuánto.
Entonces me puse manos a la obra. Planee un viaje a Madrid para reunirme con la internacional Familia Madrileña, no sin antes ir a ver a mi mamá, hermanos, sobrinos, similares y conexos a Hermosillo, unos días de vacaciones con mi pareja en algún lugar cercano a la CDMX, etc. Todo ello a manera de premedicación porque la quimioterapia me esperaba a la vuelta. Me felicito por haber tomado esa decisión, tuve unas vacaciones espectaculares, tranquilas, pero sobre todo, llenas de amor y paz.
Postergué la quimioterapia para agosto, siempre esperando que no llegara la fecha, pero como dice el dicho: no hay plazo que no se cumpla...
Como ya soy una experta, me sé el camino, laboratorios, cita con el oncólogo y finalmente, aplicación. Sólo que ahora hubo cambios en los medicamentos y en las dosis.
Hace dos viernes me presenté a la sala de quimioterapia y empezó la historia. La medicina que me provocó una reacción alérgica la última vez, volvió a hacer de las suyas, me empecé a sentir fatal y tuvieron que suspender la ,aplicación además de inyectarme no sé cuántas cosas para contrarrestar los efectos. Tardé muchísimo en recuperarme pero finalmente me dejaron salir. La pobre Laura, mi amiga a la que le tocó el episodio en el 20 de noviembre, nomás pelaba tremendos ojotes. Pasé una tarde terrible, fui incontables veces al baño, aunque también es cierto que cada vez me sentía mejor. Sábado y domingo estuve sufriendo un poco con las náuseas, pero tranquila en general, tanto que pude ver en la televisión algo de Netflix, muy bien acompañada de mi hijo mayor. El lunes, con el optimismo que me caracteriza, me levanté a bañar y desayunar para ir al hospital yo sola, manejando, sólo que cuando me senté a desayunar empecé a ver destellos amarillos y negros y, antes de que ocurriera cualquier cosa, le llamé a mi hijo y le pedí que fuera por mí. Afortunadamente no me desmayé y para cuando llegó Santiago por mí, ya estaba lista para ir al hospital a que me pusieran una inyección de un medicamento que ayuda a restablecer los glóbulos blancos. Fuimos al hospital, me inyectaron, me tomaron la presión y todo pareció normal, así que nos regresamos a la casa. El día pasó sin mayores molestias.
El martes, también optimistamente y a pesar de que desde la madrugada me empezó un dolor horrible en la boca, me levanté con el plan de bañarme como normalmente lo habría hecho y nada, ahora sí me desmayé de verdad. Sara, la chica que me ayuda, hizo lo que pudo para levantarme y subirme a la cama. Así que entre mareos, náuseas, dolor en la boca, fatiga y susto, mucho susto, pasé martes y miércoles. Durante esos días estuve probando cualquier cantidad de remedios para las aftas (no tenía ninguna, pero me dolía tanto la boca que no podía ni asomarme), lo mismo que estuve tomándome la presión constantemente porque sentía una fuerte opresión en el pecho. Las mediciones de la presión me ponían cada vez más nerviosa porque parecían indicar que la traía muy alta, a tal punto que el jueves le pedí a una amiga que me llevara al ISSSTE. Un fiasco, la presión perfecta. Me sentí tan tonta frente al enfermero que puso cara de “¿Qué hacemos? No la puedo pasar con el médico por presión alta si la trae perfecta.” Así que agarré mi carnet y me fui muy decidida a que me tomaran de nuevo la presión en el servicio de quimioterapia. Otro fiasco, la presión perfecta. Una buena charla con el enfermero y la jefa del servicio, me animó a buscar al oncólogo para preguntarle si en esa condición (presión perfecta), con el dolor de la boca, las náuseas y todo lo demás, podría tomar la segunda dosis de una quimioterapia oral que me tocaba el viernes. Como siempre, me dejó la opción de tomarla o no, y valorar en la siguiente consulta la posibilidad de continuar o no con el tratamiento. Me dio también algunas ideas sobre qué hacer ante tanto maldito efecto secundario. Así que mi amiga me llevó a la casa con la cola entre las patas. No tenía nada de la presión y todo lo que me pasaba era perfectamente normal considerando que hacía unos días me habían dado el tratamiento, incluso el doctor había dicho que podrían ser algunos residuos de la intoxicación.
Todo indicaba entonces que el viernes podría tomar la quimio oral sin problemas y así lo hice. Casi inmediatamente me empezó a doler el pecho de una manera espantosa. Sentada, acostada, parada, era como con espasmos, aparecía repentinamente y luego desaparecía. Muy fuerte. Entonces recordé que el doctor había dicho que para el dolor de la boca podía tomar ketorolaco sublingual y un día antes lo había mandado comprar, así que ni tarda ni perezosa, me puse la pastilla debajo de la lengua y esperé que actuara. Efectivamente, en unos 20 minutos el dolor se había escondido lo suficiente como para empezar a sentirme mejor. Dormí por ratos y en algún momento tomé el prospecto de la medicina que había quedado sobre la cama. En él decía que en caso de dolor de pecho inusual y fuerte, se debería llamar al médico, por riesgo de isquemia cardiaca. Pues casi me da una isquemia. Yo, la prudente con las medicinas, la que no se toma una aspirina sin receta médica, me había tomado un analgésico fuerte en lugar de llamar al médico (que igual me hubiera mandado a urgencias del ISSSTE). Ahí sí me llevé el susto de mi vida, pero ya no había nada qué hacer, sólo esperar que pasara el tiempo, el efecto del analgésico y que no reapareciera el dolor en el pecho. Durante la tarde seguí navegando con otros efectos, finalmente el sábado amanecí muchísimo mejor y seguía sin poder creer lo que había hecho. Sábado y domingo transcurrieron sin novedades y en franca recuperación. Tal es la mejoría que estoy siendo capaz de escribir esto durante la tarde noche del domingo.
Sé bien que hace algunos meses dije que no volvería a tomar quimioterapia porque la había pasado muy mal en la última. No cumplí.
Pareciera que no aprendo, está claro que la quimioterapia me pone unas buenas palizas, que acaba con la maravillosa sensación de estar sana, sobre todo porque hasta el momento no tengo ningún síntoma del cáncer y de todas formas, ahí voy de terca.
Pero, ¿saben? Detrás de la decisión de volver a la quimio, hay miedo, un montón de miedo. “Sí tomando tratamiento, los tumorcitos se multiplican, ¿qué puedo esperar si no lo tomo?”. Es la decisión más difícil, la que me come la cabeza permanentemente y me hace contradecirme cada dos por tres. A nadie le deseo estar en mi lugar.