jueves, 18 de enero de 2018

Sobre la paciencia

He leído y escuchado a muchos enfermos de cáncer decir que han aprendido mucho durante su enfermedad. Antes de ser yo la enferma, no era capaz de imaginarme cómo es que puede uno aprender de una situación límite, algo así como "aprender sufriendo", no, no me lo podía imaginar. Algo similar me ocurrió al principio de este camino, no podía pensar que estaba aprendiendo mientras vivía emociones que nunca antes había vivido. Angustia, miedo, dolor, preocupación... ¿cómo aprender de todo esto?
Pues a la vuelta de dos años y medio, me queda claro que he aprendido muchas cosas. Una de ellas es la paciencia. Esa paciencia, la del Santo Job: "Dios me lo dio, Dios me lo quitó", vine a aprenderla a mis cincuenta y pocos tacos, de una forma bastante contundente.
Quienes me conocen, saben que siempre he sido un poco inquieta. Así nos decían antes, ahora tal vez estaría catalogada como hiperactiva. No es nada fuera de lo común, sólo que siempre he tratado de aprovechar el tiempo al máximo. Una prueba de ello es la frase acuñada por el papá de mis hijos: "tu plan de los cinco minutos". Se refería a que cuando planeaba lo que haría en el día, siempre me quedaba todo apretujado y era capaz de decir: "en esos cinco minutos que me quedan libres, puedo pasar al centro a comprar equis cosa". Era y sigue siendo muy cierto... hasta cierto punto.
La primera lección de paciencia la recibí cuando, después de la operación en la que me quitaron la matriz y todos sus anexos, durante la recuperación, tuve una fístula vesico-vaginal (perdón por el lenguaje tan preciso), que no es otra cosa que la orina encontró un caminito extraño por la vagina y empezó a salir por ahí, en lugar de bajar a la vejiga. Fue una situación tan sorpresiva que ni mi hermana, que afortunadamente estaba ahí conmigo para ayudarme, ni yo entendíamos por dónde estaba saliendo. Como esto no es una lección de anatomía, sólo agregaré que entré al hospital en dos ocasiones y finalmente, para resolverlo me sometieron, tres meses después a una segunda cirugía, ahora de la vejiga, muy exitosa, y después de cuatro meses, estuve libre de sondas y demás cosas horrorosas que no me permitían tener una vida "normal".
Fueron tres meses en los que no pude bajar de mi recámara (que está en el primer piso de la casa) a prácticamente nada, los médicos le apostaban a que la fístula pudiera cerrar por sí misma con reposo casi absoluto. Durante todo ese tiempo dependía por completo de los demás, desde la compra hasta la limpieza de la casa, pasando por la comida. Afortunadamente cuento con muchas amigas, ahí lo pude corroborar, que no me dejaron sola. Ellas hacían absolutamente todo y yo, pacientemente, las esperaba y les agradecía todo lo que hicieron por mí. Pacientemente desayunaba, comía y cenaba en mi cama. Pacientemente pasaba del sillón que una amiga muy querida me prestó, a la cama, cargando la bolsa y la sonda. Pacientemente esperaba a que me ayudaran a cambiar el pañal. Pacientemente coloreaba mandalas, veía películas y tejía. Pacientemente esperaba que la cantidad de orina se fuera reduciendo. Con pausas en la paciencia, eso también es cierto. En muchas ocasiones perdí la paciencia y lloré en voz muy baja, pero también a gritos. Entre otras cosas, me desesperaba saber que no podía empezar el tratamiento de radioterapia, que ningún médico iba a autorizar la radio con tremenda fístula y como el tratamiento forzosamente debía ser la combinación quimio-radio, pues era imposible empezar.
Luego vino la segunda operación y su obligado tiempo de recuperación. Igualmente tuve que ser paciente pues como parte de la recuperación me colocaron unos catéteres que se llaman "Doble jota". Al principio no me molestaban, pero al final, dos meses después, los sentía hasta la garganta, no se imaginan qué fastidioso era, no era dolor, era una molestia permanente que no desaparecía ni sentada, ni acostada, ni parada. Fatal.
Cuando finalmente me retiraron los catéteres y todo estuvo bajo control, me mandaron a México, al Hospital 20 de noviembre para, por fin, empezar a recibir la radio y la quimio.
Siguiente lección de paciencia. Para poder iniciar el tratamiento, es necesario que, con base en una tomografía, se marque (tatúe) el o los puntos a donde se dirigirá el rayo. Pero... la máquina estuvo descompuesta, ya no recuerdo cuánto tiempo fue, pero era imposible que se iniciara sin el tatuaje, así que pacientemente me mantuve a la espera de que compusieran la dichosa máquina. En algún momento perdí la paciencia y fui a que me hicieran una valoración en un hospital privado. Ya estaba desesperada, no me hubiera importado pagar lo que pedían por el mismo tratamiento, pero curiosamente, al día siguiente me llamaron para decirme que me presentara en el hospital pues ya estaba lista la máquina para hacer el tatuaje. Terminado el proceso, sólo quedaba esperar a que me  llamaran para dar inicio a las sesiones. En medio de tanta impaciencia, resultó que la otra máquina también se había descompuesto, ahora con mucha mejor suerte, porque tuve que esperar menos de una semana para que me llamaran para empezar el tratamiento.
Otras lecciones de paciencia las he recibido cada vez que me han hecho los estudios PET. Primero hay que esperar a que me lo programen, luego esperar para que lo hagan, esperar los resultados otros días más, luego esperar a que los médicos los interpreten y luego, que digan qué tratamiento sigue. Esto lo he vivido al menos en cuatro ocasiones. Cuatro lecciones de paciencia más.
La última la estoy viviendo en estos momentos. Todo estaba planeado para que este martes me dieran la primera sesión de una serie de seis quimioterapias. Sin embargo, hay desabasto de uno de los medicamentos que me van a poner, así que, una vez más, debo esperar pacientemente a que lo surtan. Como el surtido se hace cada semana, debo esperar a que el lunes próximo llegue y, si no es así, esperar otra semana más...

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