lunes, 21 de diciembre de 2020

Cabo de año

Empiezo esta publicación en el malecón de La Paz. Son las 6:24 del 21 de diciembre de 2020. Hace un año dormí junto a mi mamá, sin imaginarme lo que se vendría horas más tarde. Durmió mal, tosió mucho, pero cuando la Carmen mi hermana la levantó para asearla en el baño, se despertó como si nada y estuvo averiguando lo que sí y lo que no. ¿Patol y Sarahí vienen por el otro lado o por Janos? Acuérdense que en estos días cierran esa carretera por la nieve. ¿El Gonzalo a qué hora llega? ¿Qué conocidos fueron a la posada de anoche? ¿De modo que la Clara ya llegó? Y así... totalmente plantada en la realidad. Después, la Carmen la acostó en un sillón que estaba dentro del cuarto, era tan pequeñita de estatura que cabía perfecto en un love seat. Se durmió un ratito y de repente se despertó y de su garganta salió un ruido muy extraño, volteé a verla y tenía los ojos como desorbitados, luego los cerró y no más. La vida se le fue en ese grito, ni siquiera fuerte, más bien, muy profundo. Lo que vino después fue lo que la adrenalina nos dictó a la Carmen y a mí, luego al Juan y no lo describo porque tengo muchas nubes en la memoria.

No tenía la intención de contar aquí lo que pasó esa madrugada pero así fue saliendo. 

Se llegó el “cabo de año”. Tengo que confesar que esta frase no la conocí hasta que la Rita mi hermana la dijo cuando mi apá cumplió un año de fallecido y mi amá osó no estar en Hermosillo en esa fecha. No concebía que hubiera decidido irse de vacaciones justo por esos días, justo en el cabo de año. 

Nada me hubiera gustado más que estar en Hermosillo en el cabo de año de mi amá. Que estuviéramos todos juntos e ir a misa, aunque fuera con sana distancia y cubrebocas. Pero no pudo ser y es así que estoy en La Paz honrando su cabo de año. 

El año más largo de mi vida y vaya que he tenido años largos últimamente. Me hace tanta falta, como no me imaginé nunca que sería. 

Y si le agrego todas las implicaciones que ha tenido la pandemia y el confinamiento, la sensación de orfandad se multiplica exponencialmente. 

Pienso en cómo habría reaccionado a todo lo que ha pasado este año.  Tengo sentimientos encontrados. Por un lado agradezco que no haya estado aquí viviendo todo el estrés que vivimos quienes nos quedamos, aunque sé que para ella habría sido un motivo más para reafirmar su fe y se la habría vivido, rosario en mano, rezando por todo el mundo, por los difuntos por su descanso eterno, por los enfermos para que se alivien y por los sanos para que no enfermen. Enterada de qué “artistas” se enfermaron, se recuperaron, fallecieron, dónde se contagiaron y otros datos importantes que, incluso a mí, se me van. Uy, no se le caería de la boca lo que dijo Gatell o las tarugadas de AMLO. 

Lo vuelvo a decir, la echo mucho de menos. Extraño darle el parte de los resultados del tratamiento, avisarle cada vez que salgo a México y oír su voz de alegría al saber que la Clara mi hermana  y yo estamos juntas y pasándola bien, como buenas hermanitas, que para ella era lo más importante, según sus propias palabras. 

Agradezco que ya no haya estado aquí y vivir el dolor de perder otro hijo, aunque ella era lo suficientemente sabia para acomodar su dolor y saber vivir con él sin derrumbarse. Además quiero pensar que lo recibió allá arriba, muy feliz de estar otra vez con su Juan José del Niño Jesús y con la certeza de que allá, en la gloria de Dios, estará mejor que aquí. 

Estaría muy orgullosa de que el Gonzalo, que supo ganarse su cariño en los últimos años, anda en Madrid, estudiando una maestría. Se le llenaría la boca, se lo contaría hasta a las paredes, con ese tonito de presumida que la caracterizaba. Habría estado al pendiente de las noticias de España y del clima de Madrid y se habría preocupado mucho por el frío que estaría pasando el muchachito, el buqui fregado. 

Habría seguido puntualmente las campañas a la presidencia de Estados Unidos y se habría alegrado muchísimo por la derrota de Trump porque no le caía nada bien, nunca le cayó. 

Estaría sumamente orgullosa de que la Rita está “jugando” para rectora de la UNISON, también se lo contaría a medio mundo y repetiría ese tono presumido que muchos le conocíamos y festejábamos.

Uy, cuánto se habría alegrado por el nombramiento de la Chiquis en su trabajo, por todos los kilos que bajó la Marcia durante la pandemia o porque la Gali es coordinadora de carrera en la uni. Mi nueva casa la habría hecho muy feliz . En eso también era sabia, presumía los logros personales y profesionales de sus hijos y nietos como suyos y tenía razón, su aliento, su ánimo y su reconocimiento nos llevó a todos, a tener vidas plenas y felices. 

Lamento mucho haberla preocupado tanto por mi salud, pero también sé que sin su oración y su fe, tal vez no estaría donde estoy. 

Agradezco que no estuviera aquí cuando me intoxiqué con el yodo del medio de contraste de la TAC, aunque estoy segura que desde allá negoció con su amigo que el desafortunado evento no pasara a mayores. 

Y lamento mucho más que se haya ido sabiendo que había mejorado mucho, pero no estará aquí cuando reciba la esperada noticia de que estoy libre del pinchi cáncer, que espero llegue muy pronto.

La lista de los pros y los contras de que se haya ido es muy larga... como largo ha sido este año sin su oración, su risa y su voz. 

Te quiero por siempre  mater la mine. 

viernes, 21 de febrero de 2020

Mi beis

Nuestro lenguaje de niños estuvo salpicado de palabras en inglés. Vivíamos en la frontera, mi mamá hablaba un inglés perfecto, veíamos la tele en inglés (aunque no entendiéramos gran cosa) y escuchábamos música en inglés. 
También en los juegos usábamos muchas palabras en inglés: ¡one, two, three por mí y por todos mis amigos! (cuando jugábamos al bote de la patada), o jugábamos pin jacks (en muchos lugares le dicen matatena), por poner algunos ejemplos. Pero había una palabra que se usaba en varios juegos, en las correteadas, en el 18, y otros más. 
La palabra que nos salvaba la vida, era la beis, o sea, en español, la base. Lo primero en esos juegos era definir cuál sería la beis, podía ser un lugar muy reducido y peleábamos por entrar en ella, podía ser un palo o una piedra y teníamos que tocarlo y seguirlo haciendo mientras estuviéramos ahí, o podía ser muy amplia, sólo si el juego no era demasiado competitivo. 
Si nos venían correteando para pasarnos la roña, o las traes, o el 18, llegar a la beis era un oasis, podías descansar y tomar bríos para continuar correteando. Además, siempre al llegar debíamos gritar ¡beis! Como ya dije, nos salvaba la vida. 
La ausencia de mi mamá me ha hecho recordar la beis. Y es que ella era mi beis, pensar en ella, llamarle o estar con ella me salvaba. 
Desde que me diagnosticaron el pinchi cáncer, esta sensación de alivio al hablar con ella, de estar protegida en mi beis, aumentó muchísimo. Yo sentía que podía hablar con ella en el mismo idioma en cuanto a las molestias, la caída del pelo, las preocupaciones y demás cosas sobre el cáncer, porque ella muchos años atrás tuvo al pinchi cáncer como visitante no deseado. Primero en un seno, se lo quitaron, luego metástasis en los huesos. Salió de ambas con quimios y con mucho amor a su alrededor, pero sobre todo con esa envidiable fe a toda prueba que la caracterizó hasta el final de sus días. 
Recuerdo que, cuando me dijeron que la quimio que me iban a dar era de las que tumban el pelo, de inmediato me dijo que tenía guardado el turbante que usó cuando se le cayó el pelo. Entonces, cuando fui a Hermosillo antes de iniciar la quimio y que fui al otro lado a comprar la peluca que sólo usé una vez, lo primero que hizo fue darme el bultito que encontró en el primer cajón de su tocador, con sus ochenta y tantos años, todo su amor y sororidad. 
También me pasó muchas veces, tratar de evitar hablar con ella cuando me sentía muy mal por los efectos de la quimio o durante la crisis de principios de año pasado. 
Tenía dos razones, la primera era porque quería evitarle el dolor y preocupación que se siente cuando tienes un hijo enfermo; mientras que la segunda razón, más egoísta, era que temía que, apenas escuchara su voz, mi beis, yo me quebrara y soltara el llanto. Ese llanto que había sido contenido durante mucho tiempo y que sólo es capaz de aflorar cuando uno se encuentra en su zona de alivio, de seguridad: en la beis. 
El año pasado, durante la crisis, hablé por teléfono con ella en muchas ocasiones. Recuerdo que invariablemente me decía que lamentaba mucho no poder ir a México a ayudarme. Que ojalá mis hermanos la dejaran viajar para estar conmigo y yo siempre le decía que no se preocupara, pero en el fondo era lo que más deseaba. 
Ya para cerrar esta entrada, les cuento que después de la crisis, cuando ya estaba mucho mejor, a una de mis sobrinas se le ocurrió hacer una videollamada. Estaban en casa de otra de mis sobrinas, la habían llevado a pasar el día con nietas y bisnietos y estaba muy contenta. Al verla, sólo verla, empecé a llorar como una niña a mis cincuenta y pocos años. Sólo verla me hizo darme cuenta del temor, nunca expresado, ni siquiera pensado racionalmente, de no volver a verla. De no volver a sentirme segura y protegida en mi beis. 
Durante estos primeros días del año, me han pasado cosas extraordinariamente buenas, sobre todo que los resultados de la tomografía son muy buenos, al parecer el pinchi cáncer está arrinconado. Aunque todavía no puedo decir que estoy libre de cáncer, el diagnóstico de ENFERMEDAD ESTABLE, es sumamente reconfortante. Pero no puedo compartirlo con ella, con mi amá, con mi beis. 



domingo, 5 de enero de 2020

Otro sobre mi cumpleaños

Hoy cumplo 55, mis primeros 55 diría mi apá. Será el primer cumple en el que no pueda festejar, aunque fuera a la distancia con mi amá, porque justo hace dos semanas, el sábado 21 de diciembre, dejó el plano terrenal y se fue a reunir con el Dios que siempre creyó, el que le ofreció vida eterna. Allá estará reunida con todos los que nos dejaron, sólo ella sabía a quién quería ver de nuevo o no, siempre fue muy discreta, o tal vez indecisa, pero de que seguro está muy feliz, lo está. 
Les cuento que no es la primera vez que mi cumple se ve empañado por eventos de este tipo, puede decirse que ya estoy muy impuesta (acostumbrada) a que algo pase cerca de mi cumple.
Mi Tata, papá de mi amá, murió el 30 de diciembre de 1979. Desde la Navidad las cosas ya no iban bien como para festejar, algunos de nosotros estábamos en Hermosillo (mi mamá y yo fuimos a misa de gallo sin suéter y luego habremos comido algo) y otros tantos en Nogales, así que se podrán imaginar que el festejo de Año Nuevo fue verdaderamente un desastre. Pues nada, seguía mi cumpleaños, justo cumpliría 15 años. 
Mi Yaya, hermana de mi amá, no quiso que pasara desapercibido y me llevó a comprar un vestido dizque blanco, que en realidad era beige, un vestido de calle, corto, de una tela horrenda que parecía de toalla pero estaba muy de moda. Así tuve la quinceañera más extraña que se puedan imaginar. La misa fue a las 5 de la tarde en el Santuario de Guadalupe, mis padrinos fueron mi Yaya (monjita) y el Padre que ofició la misa, creo que se llamaba Padre Che Juan o algo así. Después de la misa nos fuimos a la casa, mi mamá preparó pierna al horno (que le quedaba muy bien).
Los invitados a mi fiesta fueron mis compañeros de la secundaria: Héctor, Luis Ángel, Gaby y Ana Isabel. En cambio, mis hermanas que estudiaban en el Miravalle, llevaron a un montón de muchachos y muchachas que yo ni conocía. Por ahí andan unas fotos que no me dejan mentir.
En esa época el luto incluía, además de usar ropa negra o “negrita”, no ver tele, no escuchar música y mucho menos bailar, así que en mi fiesta de quince hubo misa, amigos, risas y pastel, pero no hubo ni música, ni baile.
Esto no es para nada una queja, la verdad es que era tal el dolor que sentía por la muerte de mi abuelo, que ninguna de las restricciones impuestas por los adultos me parecieron exageradas o injustas. 
Acabo de caer en cuenta de que anteriormente había descrito esta fiesta, sin embargo decidí continuarla porque la perspectiva con la que escribí la anterior es muy distinta de ésta.
Luego, el 27 de diciembre de 1989, murió mi Mamanina. Yo estaba por cumplir los 25 años y ya estaba casada. No recuerdo haber festejado mi cumpleaños, lo que no significa que no haya habido alguna clase de festejo, pero de que no fue algo memorable, no lo fue. 
Y ahora, a punto de cumplir los 55, una vez más se nubla el panorama. Tengo sentimientos encontrados. Por una parte tengo ganas de festejar por todo lo alto mi cumple puesto que el radiólogo resume los resultados de las tomografías como ENFERMEDAD ESTABLE, frase que yo desconocía aún después de casi cinco años del diagnóstico, amén de que yo me siento muy bien y que el episodio crítico de febrero a abril ya quedó por completo en el pasado. 
Voy a echar de menos su llamada de felicitación, por lo general la primera que siempre recibía. Voy a festejar siempre la vida, ella me lo enseñó con el entusiasmo con el que siempre acometía todo lo que hacía, estrenar ropa, conocer lugares distintos, comer lo de siempre y lo novedoso (creo que era la única viejita a la que le encantaban las pizzas, las hamburguesas, el sushi y la coca con nieve, ice cream soda, como siempre le dijo), viajar a donde fuera y rezar a toda hora, por todo sus hijos y por todos los que le pedían oración. 
Tendré el cumpleaños más feliz pero más triste en mucho tiempo.