viernes, 5 de enero de 2018

53 vueltas al sol

Hoy no hablaré del pinchi cáncer. Hablaré de mis cumpleaños. 

Siempre me ha gustado festejar mi cumpleaños, desde niña, fuera cual fuera el festejo, yo era feliz. Recuerdo pocas fiestas con piñata y demás parafernalia, supongo que por cuestiones climáticas, vivíamos entonces en Nogales, Sonora y en enero, sí o sí, hace muchísimo frío. También me imagino que a principios de enero, después de todos los gastos de las fiestas, sería bastante complicado organizar fiesta en forma. Aun así, mi mamá (por alguna razón no recuerdo a mi papá involucrado en esto cuando niña) siempre hizo lo posible para que no pasara desapercibido. 
Hubo una ocasión, lo recuerdo perfectamente, en la que hicieron una fiesta de cumpleaños doble, a una de mis hermanas que cumple años en diciembre y a mí. Echaron la casa por la ventana. Nos vistieron iguales, hubo pastel, piñata y dulces y fueron invitados los niños de la escuela y del barrio, además de los primos. Fue una fiesta extraordinaria. 
Recuerdo otro cumpleaños, creo que estaba en tercero de primaria, era sábado y no había festejo en puerta, pero mi mamá me dio permiso de que mi mejor amiga en ese momento fuera a mi casa y se estuviera todo el día conmigo. Hacía mucho frío, incluso estuvo cayendo aguanieve, así que estuvimos en la casa todo el tiempo. Jugamos hasta que nos cansamos, a las enfermeras, a la casita, a la escuelita, a los doctores de animales y ya no recuerdo qué más. Curiosamente no recuerdo que mis hermanitos participaran en nuestros juegos. No sé dónde se habrán metido o sí sólo los ignoramos, pero en todos los juegos estábamos solas ella y yo. Cuando se tuvo que ir porque ya estaba oscureciendo, me quedé muy triste. Siempre he añorado ese día de juegos sin fin. 
Cuando cumplí 10 años (creo), mi mamá pensó que una buena manera de festejar era llevándome al cine a ver, nada más y nada menos, Star Wars. Recién la habían estrenado y parecía que era una buena película infantil. Le agradecí la invitación y nos fuimos muy contentas, ella y yo, a ver la famosa película. No entendí nada. Punto. Creo que hasta me dormí. Pero yo estaba demasiado contenta como para amargarme diciendo que no le había entendido y echarle a perder a mi mamá su festejo, así que no dije absolutamente nada. También recuerdo que saliendo del cine nos fuimos a misa, su mejor forma de festejarme. 
Uno de los cumpleaños que más recuerdo es el de mis 15. Tuve la mala fortuna de que mi abuelo muriera el 30 de diciembre. Para mi cumple no había pasado ni una semana de haberlo enterrado así que mi “fiesta de 15”, fue muy sui generis. Para empezar, con un vestido beige extraño, de tela de toalla (que estaba de moda), entré a la iglesia escoltada por un cura y por mi tía monja. La fiesta fue organizada por mi mamá (una vez más). No hubo música. Mi mamá hizo pierna de puerco al horno. Mis hermanas invitaron a todos sus amigos de
 la prepa y yo apenas invité a cuatro amigos de la secundaria. Eso sí, tuve un pastel muy rico. 
A partir de ahí, yo organicé mis fiestas siempre que pude. 
En defensa de mi papá, debo decir que siempre que venía a Hermosillo a pasar navidad, un día antes de que me regresara, él se encargaba de organizar el pastel, las papitas y las sodas. Siempre digo: ¡Qué esperanzas que mi apá me dejara ir sin festejar mi cumpleaños! 

Eso sí, siempre he detestado festejarlos con rosca de reyes.

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