domingo, 5 de enero de 2020

Otro sobre mi cumpleaños

Hoy cumplo 55, mis primeros 55 diría mi apá. Será el primer cumple en el que no pueda festejar, aunque fuera a la distancia con mi amá, porque justo hace dos semanas, el sábado 21 de diciembre, dejó el plano terrenal y se fue a reunir con el Dios que siempre creyó, el que le ofreció vida eterna. Allá estará reunida con todos los que nos dejaron, sólo ella sabía a quién quería ver de nuevo o no, siempre fue muy discreta, o tal vez indecisa, pero de que seguro está muy feliz, lo está. 
Les cuento que no es la primera vez que mi cumple se ve empañado por eventos de este tipo, puede decirse que ya estoy muy impuesta (acostumbrada) a que algo pase cerca de mi cumple.
Mi Tata, papá de mi amá, murió el 30 de diciembre de 1979. Desde la Navidad las cosas ya no iban bien como para festejar, algunos de nosotros estábamos en Hermosillo (mi mamá y yo fuimos a misa de gallo sin suéter y luego habremos comido algo) y otros tantos en Nogales, así que se podrán imaginar que el festejo de Año Nuevo fue verdaderamente un desastre. Pues nada, seguía mi cumpleaños, justo cumpliría 15 años. 
Mi Yaya, hermana de mi amá, no quiso que pasara desapercibido y me llevó a comprar un vestido dizque blanco, que en realidad era beige, un vestido de calle, corto, de una tela horrenda que parecía de toalla pero estaba muy de moda. Así tuve la quinceañera más extraña que se puedan imaginar. La misa fue a las 5 de la tarde en el Santuario de Guadalupe, mis padrinos fueron mi Yaya (monjita) y el Padre que ofició la misa, creo que se llamaba Padre Che Juan o algo así. Después de la misa nos fuimos a la casa, mi mamá preparó pierna al horno (que le quedaba muy bien).
Los invitados a mi fiesta fueron mis compañeros de la secundaria: Héctor, Luis Ángel, Gaby y Ana Isabel. En cambio, mis hermanas que estudiaban en el Miravalle, llevaron a un montón de muchachos y muchachas que yo ni conocía. Por ahí andan unas fotos que no me dejan mentir.
En esa época el luto incluía, además de usar ropa negra o “negrita”, no ver tele, no escuchar música y mucho menos bailar, así que en mi fiesta de quince hubo misa, amigos, risas y pastel, pero no hubo ni música, ni baile.
Esto no es para nada una queja, la verdad es que era tal el dolor que sentía por la muerte de mi abuelo, que ninguna de las restricciones impuestas por los adultos me parecieron exageradas o injustas. 
Acabo de caer en cuenta de que anteriormente había descrito esta fiesta, sin embargo decidí continuarla porque la perspectiva con la que escribí la anterior es muy distinta de ésta.
Luego, el 27 de diciembre de 1989, murió mi Mamanina. Yo estaba por cumplir los 25 años y ya estaba casada. No recuerdo haber festejado mi cumpleaños, lo que no significa que no haya habido alguna clase de festejo, pero de que no fue algo memorable, no lo fue. 
Y ahora, a punto de cumplir los 55, una vez más se nubla el panorama. Tengo sentimientos encontrados. Por una parte tengo ganas de festejar por todo lo alto mi cumple puesto que el radiólogo resume los resultados de las tomografías como ENFERMEDAD ESTABLE, frase que yo desconocía aún después de casi cinco años del diagnóstico, amén de que yo me siento muy bien y que el episodio crítico de febrero a abril ya quedó por completo en el pasado. 
Voy a echar de menos su llamada de felicitación, por lo general la primera que siempre recibía. Voy a festejar siempre la vida, ella me lo enseñó con el entusiasmo con el que siempre acometía todo lo que hacía, estrenar ropa, conocer lugares distintos, comer lo de siempre y lo novedoso (creo que era la única viejita a la que le encantaban las pizzas, las hamburguesas, el sushi y la coca con nieve, ice cream soda, como siempre le dijo), viajar a donde fuera y rezar a toda hora, por todo sus hijos y por todos los que le pedían oración. 
Tendré el cumpleaños más feliz pero más triste en mucho tiempo. 

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